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BAUTISMO DEL SEÑOR - SOLEMNIDAD

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Todo hombre bautizado tiene el deber continuar la misión de Jesús de anunciar la buena noticia: curar, liberar… y salvar. De esta manera damos sentido a nuestra vida y vivimos nuestro don de hijos amados por Dios.

Hace pocos días recordábamos con gran alegría el nacimiento del Niño Jesús en Belén y su adoración por los Reyes Magos; hoy, en este domingo, celebramos su bautismo por parte de Juan el Bautista en el río Jordán.

El primer dato históricamente cierto que tenemos sobre Jesús es que fue bautizado por Juan el Bautista. Sin embargo, los evangelistas no nos cuentan cómo entró Jesús en contacto con Juan o qué lo motivó a buscarlo en el valle del Jordán. Juan predicaba un bautismo de conversión y la inminente venida del Mesías. Este mensaje debió de producir en Jesús una fuerte impresión, ya que él se sumó a la fila de aquellos hombres y mujeres que, movidos por la predicación del Bautista, querían dar un cambio a su vida, haciéndose bautizar. Esto expresa la solidaridad de Jesús con todo lo humano.

La predicación de Juan sobre el bautismo de conversión tuvo que ser para Jesús una experiencia de desvelamiento, una experiencia decisiva para su vida, pues marcó el comienzo de la misión que el Padre le había encomendado. Y él lo hace de forma sorprendente: comienza su vida pública bautizándose, «mojándose»: lo vemos en el río Jordán mezclado con los pecadores, aunque él no tenía pecado; lo vemos también dejarse bautizar por quien ni siquiera era digno de desatarle las correas de las sandillas. Vemos al Hijo amado de Dios, en quien el Padre se complace, dejándose bautizar por Juan. La divinidad se humilla para enaltecer a la humanidad. En el bautismo de Jesús, Dios se hace —como dice san Pablo— uno de tantos: así comienza Jesús su misión. Este inicio lo confirma la voz del Padre, que lo proclama como Hijo amado y le envía desde el cielo el Espíritu Santo, que lo acompañará a lo largo de su misión.

Con el bautismo, Jesús inicia su misión de anunciar la llegada del Reino de Dios. Nosotros también, por nuestro bautismo, nos hacemos hijos amados de Dios: recibimos el Espíritu Santo, que viene habitar en nosotros, y nos unimos a la misión de Jesús. Debido a lo anterior, todo hombre bautizado tiene el deber continuar la misión de Jesús de anunciar la buena noticia: curar, liberar… y salvar. De esta manera damos sentido a nuestra vida y vivimos nuestro don de hijos amados por Dios.

Comentarios

1
fr. Pepe E.op 13 de enero de 2019, 16:01

Mal andamos si aprovechamos la predicación para lucirnos y salir en la prensa. Predicar es mostrar a Jesús de Nazaret. El es el Salvador. Por eso es necesario que nosotros vayamos disminuyendo, para que El crezca. La Fe no es transmitirnos nosotros, ni los títulos acumulados. Es un don de Dios. A veces con nuestros actos, ocultamos al Señor.
Prediquemos a Jesús, no nos mostremos a nosotros.

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