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Dejándose tentar… - Primer domingo de Cuaresma

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No se puede predicar sin haber sido fortalecidos en la lucha contra la resistencia al Reino. De ahí que la tentación parece que hay que dejar de verla como algo malo, algo a evitar.


Marcos nos dice que el Espíritu empujó a Jesús al desierto, y El se quedó, es decir, accedió desde su libertad a quedarse allí y dejarse tentar. La decisión de escuchar la voz de Dios y seguirle, es decir: obedecer, implica en algunos momentos de nuestro caminar como cristianos dejarse empujar, ya que no siempre queremos ir a donde debemos o, simplemente nos abandonamos tanto a la inercia de la cotidianidad que necesitamos ser empujados. Ahora bien, una vez reaccionamos y recordamos que hemos puesto nuestra vida en manos de Dios entonces sí, desde nuestra libertad, aceptamos el reto, el desafío, de hacer nuestra tarea fielmente. Y esa fidelidad conlleva roces, resistencias con el mundo, entendido este en la clave joánica de aquello contrario al Reino. Dejarse tentar, es ir contracorriente, es apostar por la utopía del Reino, es asumir la lealtad a Dios con las consecuencias que conlleva.

Jesús se dejó tentar pero sin caer en la tentación. Este pasaje más el Padre Nuestro, nos recuerda que las tentaciones van a estar ahí. Son parte del combo de la vida, y el hecho de que luego de la tentación Jesús va a predicar el Evangelio la coloca entonces como preparación para la predicación. No se puede predicar sin haber sido fortalecidos en la lucha contra la resistencia al Reino. De ahí que la tentación parece que hay que dejar de verla como algo malo, algo a evitar. Al contrario parece que debe ser algo a ser acogido como parte del caminar en fidelidad. Como momento de aprendizaje, de crecimiento, de preparación, de fortalecimiento.

Claro, la búsqueda temeraria de tentaciones tampoco ha de ser muy constructiva. El “peca mucho y peca fuerte” para que se vea la acción de la gracia no tiene sentido. La tentación se vence, con la ayuda del Espíritu. Conducidos y empujados por el Espíritu vamos a ella, de igual manera no caemos en ella. No es entonces simple ascesis y práctica de virtudes, o fortalecimiento del temperamento. El objetivo no es uno egoísta y personal. El objetivo es la predicación y la liberación de la persona humana. Originalmente era la salvación de las almas, pero hoy ya sabemos que esa salvación del alma empieza por la promoción y liberación de la persona. La propia pero también y sobre todo la del prójimo. Sin referencia a la comunidad, al otro, no tiene sentido la predicación. Para eso es que como cristianos nos dejamos empujar, guiar por el Espíritu y con su ayuda vencemos la tentación. Eso que nos aparta del fin último que es la construcción del Reino.

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