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¡Empapémonos de esperanza! (Domingo I de Adviento, Clico C, Lc 21,25-28.34-36)

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¡Alcemos la cabeza!, ¡empapémonos de esperanza!, y ¡contagiémosla a los demás!

 

Con las lecturas de este domingo iniciamos un nuevo Año Litúrgico (en esta ocasión estamos en el Ciclo “C”). E iniciamos igualmente el Tiempo de Adviento que comienza cuatro domingos antes de la Navidad. En concreto el domingo más cercano a la fiesta de San Andrés: 30 de noviembre. Y dependiendo del día de la semana en que cae la Navidad, el Adviento tendrá entre 21 y 28 días.


Adviento es una palabra latina, adventus, que significa venida, presencia (parusía en griego). Para nosotros los cristianos, el Adviento es a la Navidad-Epifanía lo que la Cuaresma es a la Pascua. Ambos tiempos son penitenciales, pero no lo son de la misma manera. El Adviento nos abre a la esperanza, y la Cuaresma, nos adentra en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús. El Adviento es pues, para nosotros, más que una palabra, un tiempo con mucho contenido simbólico. Es un tiempo de preparación, de espera y de esperanza, de vivencia de este Jesús que, igual que vino un día en Belén, hace más de 2014 años, seguirá viniendo a nosotros cada día. Jesús viene con su palabra y su gracia. Viene a través de nuestros hermanos y hermanas (pobres y ricos). Viene cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, etc.


Preparar el camino a Jesús en nuestras vidas, pasa por –como leemos en el evangelio–, tener cuidado en no dejarnos “oxidar” la mente con el «vicio, la bebida y los agobios de la vida»; que nos oprimen y nos despersonalizan. Pasa por estar despiertos, orando y manteniéndonos fieles en el compromiso, en la no “oxidación mental”. Pasa por acabar con el culto a los ídolos (el dinero, el poder, etc.). En definitiva, pasa por vivir en esperanza (ser cada vez más humildes, orantes, solidarios, compasivos, confiados, pacientes, comprometidos por vivir la fraternidad, etc.).


La esperanza que celebramos en el Adviento es una espera activa que nos pone en “sintonía” con el mundo, y nos compromete con él. La esperanza y el Adviento nos ubican entre el ya de la encarnación y el toda vía no de la plenitud futura. En el Adviento escuchamos las palabras de los profetas, y hacemos nuestros los sentimientos de María y de José en la espera de su hijo Jesús. Vivimos la alegría de creer que Dios mismo se hace hombre como nosotros, para compartir nuestra vida y llevarnos hacia Él. Es, en ese sentido, una esperanza repleta de sentido porque constituye explosión de gracia y luz de la Navidad. Queremos creer y creemos que Jesús se hace presente en nuestras vidas, en la vida de cada uno.


En este primer domingo de Adviento, cualquier persona (creyente y practicante) que entre en la Iglesia ha de experimentar que comienza un ciclo litúrgico diferente, una especie de “aire” distinto. Esta “impresión de entrada” puede ayudarnos a “conectar” y vivir este tiempo. “Conectar” con ese "yo interior" que se pregunta y que quiere respuestas. Examinar nuestras vidas, y reconocer lo que es digno de mejora y de tomar la iniciativa. Sólo así, creo que podremos escudriñar igualmente los signos o señales de Dios. “Conectar” también con la gente que está a nuestro alrededor, sobre todo con los pobres, marginados, migrantes, etc. Como dice Jesús en el evangelio: «Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación». ¡Alcemos la cabeza!, ¡empapémonos de esperanza!, y ¡contagiémosla a los demás!


El tiempo de Adviento es también, de manera especial, una gran invitación a ponernos en la piel de José y María, la Virgen Madre de Dios. Pablo VI recomendaba, en la exhortación apostólica Marialis Cultus, dar al Adviento un especial sentido mariano. María ha de ser para nosotros, en este tiempo, el gran modelo para preparar la venida del Mesías, ella lo hizo como nadie, Él era nada más y nada menos que su hijo. Ella deseaba como nadie que todos los hombres y mujeres, especialmente los pobres y marginados pudieran levantar la cabeza y que este mundo fuera liberado del “dolor innecesario” y del mal que le atenaza. Porque está dispuesta a colaborar en esta acción de Dios, acepta ser la madre de Jesús. Ojalá la veamos en este Adviento como un signo de la presencia de Dios en la humanidad, como modelo de apertura a Dios para hacer posible su venida. En estos tiempos, un tanto de “vacío de Dios”, hay que verla como resumen de la humanidad que ama y espera, que busca y acepta a Dios confiando poder oír su palabra y guardarla en su corazón.


En el Adviento, unido a María está su esposo San José. Si María es la fe manifestada como sentimiento, José es la fe que medita y reflexiona. José nos enseña lo que es la humildad, la tolerancia, la honestidad, la mansedumbre, el saber callar cuando se debe ser prudente, etc.


En este Adviento que empieza, tomemos conciencia de que Dios viene a nosotros para despertar nuestra esperanza. Seamos pues, para otros, portadores de esperanza. ¿Te animas? Yo sí.



 


 

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