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II DOMINGO DE PASCUA - EL ENVÍO

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Este envío de misión significa una «democratización» del Resucitado: no quedarse callados y aferrados a lo que han visto y recibido, sino ser testigos para todo el mundo.

Queridos hermanos, seguimos celebrando la Pascua de Resurrección de Nuestro Señor, la fiesta más grande de la Iglesia; seguimos celebrando nuestra liberación, la victoria de la vida sobre la muerte. Desde el pasado domingo (Resurrección del Señor) hasta hoy se cumplen ocho días de la octava de Pascua, días que hemos vivido como si fuesen el primero. También ocho días de júbilo en los que las lecturas evangélicas nos transmiten fielmente las apariciones del Resucitado entre sus apóstoles y la experiencia de estos al percatar la fuente de vida y esperanza entre ellos. Incluso como es el caso de hoy, en el que la lectura del santo Evangelio nos muestra la figura de Tomás, uno de los doce, que no se encontraba cuando Jesús se presenta entre sus compañeros.

El pasado domingo fueron las mujeres las primeras en experimentar la Resurrección de Nuestro Señor. Hoy nos dice el Evangelio: «Ocho días después apareció entre los apóstoles y discípulos diciéndole: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo”». Los discípulos estaban encerrados en un sitio sin salir por miedo a los judíos; Jesús entra de una manera sorprendente y les entrega la paz. La paz les hace salir del pánico: una paz que va en contra de la lógica de los judíos, porque su presencia no es sinónimo de miedo, de injusticia. Su presencia no es demoledora ni tampoco es opresora; él es portavoz de paz en los corazones, y justicia para los que no tienen voz.

Reciben una paz que va acompañada de un compromiso de misión: «Como el padre me ha enviado, así también os envió yo». Este envío de misión significa una «democratización» del Resucitado: no quedarse callados y aferrados a lo que han visto y recibido, sino ser testigos para todo el mundo. Jesús les abre las puestas de la misión para que lo democraticen sin miedo.

Amadísimos hermanos, también el Evangelio nos presenta la figura de Tomá,s uno de los doce, que no estaba cuando se presentó Jesús a sus hermanos. Se trata solamente de una actitud de «foboresurrección»: una actitud que nos manifiesta el peligro que corre nuestra fe cuando vivimos desde un modo personalista. Tomás, desde sus seguridades humanas, desde sus debilidades, quiere enfrentarse al gran misterio de la resurrección; no se fía de sus hermanos. La actitud de Tomás da mucho que reflexionar. También nosotros al igual que él exigimos que Dios se nos presente: personalizamos nuestra fe y queremos signos.

Hoy en día nuestra sociedad se parece a la figura de Tomás: una sociedad que exige pruebas en todo, que se basa en el cientificismo, en una mentalidad materialista, donde todo lo que no se palpable y empíricamente verificable con los sentidos es mirado con recelos. Que la paz del Resucitado habite en nosotros, transforme nuestras vidas y que nuestra fe no se base en experimentos.

Comentarios

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Rocío del Amor 28 de abril de 2019, 18:25

Una buena reflexión. Gracias y muchísimas gracias.

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