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IV DOMINGO DE CUARESMA - LA FIESTA DEL PERDÓN.

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Este padre misericordioso de la parábola nunca se cansa de esperar que volvamos a él, desde nuestra fragilidad, errores, miserias. Dios no nos juzga, sino que nos abraza; llora de emoción y nos cuida porque nos ama con locura.

Nos encontramos en el evangelio de hoy con dos figuras principales que dividen la estructura de la perícopa en dos momentos. Por un lado, la persona del hijo, que muy probablemente, en medio de un arranque de euforia, exige a su padre la parte de la herencia y se va de casa. Todos en algún momento de la vida hemos sentido este deseo de independencia, de abrir nuestras alas y volar, de encontrar el sentido de la vida, de simplemente despertar del estado «monótono» que podamos estar viviendo.

Este hijo, en medio de sueños, ilusiones, anhelos, deseos de devorar el mundo, de experimentar y saciar curiosidades, se va de casa. Y es que no siempre nos va bien en la vida o todo sale como lo deseamos. Este joven derrocha su fortuna en cosas vanas. A lo mejor no aprendió de la sabiduría de los ancianos, en este caso de su padre, sobre cómo vivir bien. El hombre imprudente debe hacerse cargo de las consecuencias de sus actos imprudentes.

Este hijo, que podemos ser tú o yo, se sumerge en la miseria: experimenta lo que es pasar hambre. Sabe que en casa ya no le queda ningún resguardo económico, que su hermano seguramente lo desprecia, pero en el fondo aún le queda su padre. Regresa con la frente en alto y el corazón en la mano, consciente de que ha pecado, ha hecho el mal; no ha acatado la sabiduría sapiencial, que era sagrada para la época. Regresa pidiendo perdón.

Por otro lado, es en este momento cuando toma protagonismo la figura del padre, segunda parte de nuestra perícopa. Y es que este ha estado allí, oculto, escondido, esperando. Aún recuerdo con mucha nostalgia a mi madre, preocupada esperando despierta en casa cuando en mi adolescencia salía por las noches con mis amigos a divertirme. Nunca hubo regaño, ni amonestación, pero sí el cariño y la ternura de alguien que se preocupa por el bienestar de sus hijos.

Este padre misericordioso de la parábola nunca se cansa de esperar que volvamos a él, desde nuestra fragilidad, errores, miserias. Dios no nos juzga, sino que nos abraza; llora de emoción y nos cuida porque nos ama con locura. Aquí entra la posibilidad de identificarnos con el hijo pródigo, que se ha ido y necesita volver a casa a pedir perdón; con el hermano mayor, incapaz de sensibilizarse con su propio hermano, al que juzga con dureza y falta de misericordia; o bien con el padre, que mira con ojos de compasión y dulzura no solo a sus hijos, sino a todos los que le rodean.

Pidamos que el camino de la Cuaresma se convierta para nosotros en una verdadera fiesta, donde con gozo, alegría, esperanza y espíritu de reconciliación seamos capaces de perdonar a quienes se puedan haber equivocado y de pedir perdón desde el corazón, para que podamos testimoniar lo que Dios va realizando en nuestra vida.

Comentarios

1
fr. Pepe E. o.p 29 de marzo de 2019, 16:33


Nos cuesta pedir perdón y nos cuesta reconciliarnos. A lo largo del día decimos muchas veces la palabra perdón sin gravarla en nuestro corazón. Reconciliarse es la única manera de curar las heridas. No podemos dirigirnos a Dios, si el rencor está en nuestro corazón.

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