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IV DOMINGO DEL T.O.

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El mensaje de Jesús tiene una importancia primordial: la proclamación de la fraternidad de todos los hombres como hijos del mismo Padre, Dios, y como hermanos del mismo Hijo, Jesús.

En el Evangelio de este cuarto domingo del tiempo ordinario, continuación del domingo pasado, se hace una radiografía de la situación por la cual estaba pasando Jesús en su tierra (Belén). En el mismo, vemos que sus propios conciudadanos quieren despeñarlo por un barranco, por el hecho de anunciar la buena nueva: «El Espíritu de Dios está sobre mí, porque él me ha ungido, me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18). Frente a esta falta de reconocimiento por parte del pueblo, Jesús se abre paso entre ellos y continúa su misión en otros lugares.

Para todos los cristianos comprometidos a anunciar el Reino de Dios, el acento de este relato debe caer en la actitud que Jesús tomó (ir a otros lugares a anunciar el Reino de Dios) y no en la incredulidad del pueblo. Dicha falta de fe estaba bañada por lo que el papa Francisco llamaría el «escándalo de la Encarnación: el evento desconcertante de un Dios hecho carne, que piensa con una mente humana, trabaja y actúa con manos humanas, ama con un corazón humano, un Dios que lucha, come y duerme como cada uno de nosotros». En tal sentido, Cristo es el Revelador, en cuanto Palabra de Dios encarnada; su función reveladora resulta de la misma encarnación, a saber, de su carácter personal de Hijo de Dios. Un Dios que se encarnó en Jesús para hacerse presente entre nosotros. Para decirnos que su Reino es un mensaje de fortaleza en el presente y de esperanza en el futuro para los pobres, los hambrientos y afligidos a cusa de una sociedad indolente e indiferente.

Claro está que, en nuestro caso, la secularización de la sociedad dificulta este profetismo: bautizados que viven como si no lo estuvieran, poca disposición o incapacidad de las familias para transmitir la fe, conciencia individualista de todo lo que acontece, relativismo moral, etc. Para muchos, ante esta situación que vive nuestro mundo, no se puede ser profeta. Y es que ser profetas nos lleva a actualizar en la praxis el mensaje de Jesús, que constituye la norma directiva de la vida cristiana: la vivencia de la fe, la esperanza y la caridad. Una reflexión teológica sobre tal existencia permite comprender que el compromiso por la liberación de los oprimidos y por la superación de las estructuras de opresión es una exigencia indispensable de la autenticidad cristiana.

No obstante, es curioso que en otros lugares Jesús haya realizado milagros: ¿por qué en su tierra no pudo? ¿No será por la poca fe que tenían sus paisanos para con él?, ¿una «fe» cegada por la envidia y la incredulidad? El mensaje de Jesús para ellos no era verídico porque era un simple carpintero quien hablaba, no un rabino, un político o una persona influyente de su tiempo. A este hecho le sumamos que el mensaje de Jesús tiene una importancia primordial: la proclamación de la fraternidad de todos los hombres como hijos del mismo Padre, Dios, y como hermanos del mismo Hijo, Jesús. Pero muchos de ellos se negaron a acceder a esta dinámica…

Finalmente, vamos a pedirle al Señor que nos ilumine con su Espíritu Santo, para poder acoger y entender en el día a día las veces que Dios nos habla a través de su palabra y nuestros hermanos: que podamos responder a la llamada de Dios sin cegarnos por nuestros criterios humanos.

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