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"La Tempestad Calmada" Domingo XII del T.O, Ciclo B (Mc 4, 35-40)

1 comentarios

Es verdad que tenemos problemas pero es importante estar serenos, intentar que nada nos quite la felicidad.

Seguimos avanzando en el Tiempo Ordinario, para encontrarnos este domingo con el pasaje de la Tempestad Calmada. Durante el capítulo cuarto del Evangelio de Marcos, vemos a Jesús hablando sobre el Reino de Dios en parábolas. Todo el capítulo se desarrolla a orillas del mar de Galilea. Reunía Jesús a tanta gente que, seguramente más de una vez, «hubo de subir a una barca» (Mc 4, 1). Primero, hablaba a las gentes que venían de muchos lugares. Posteriormente, explicaba lo dicho a los que le seguían siempre y a los doce. Este es el contexto en el que nos movemos. Uno de estos días en los que estaba enseñando, Jesús decide ir a la otra orilla. Después de despedir a la gente se montan en una barca, aunque otras van con ellos. Pero durante el pasaje, la atención se centra en la barca de Jesús y de las otras ya nada se dice.


  Parece que cuando ya estaban metidos en medio del lago, se desató una gran tormenta. Una tempestad que asusta y amedrenta a los discípulos. Mientras tanto Jesús dormía. Estaba tranquilo en la parte posterior de la barca. Parecía estar ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor. Los discípulos por el contrario parecían desesperados, llenos de miedo. Tanto es así, que cuando llaman a Jesús le preguntan: «¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4, 38). Vemos claramente que ante la tempestad hay dos actitudes. Por un lado, la actitud calmada de Jesús. Por otro, la desesperada y aterrada de los discípulos.


  La Tradición, sobre todo en los Santos Padres, ha visto siempre en la barca el símbolo de la Iglesia. Nos pasa muchas veces como a los discípulos en este pasaje. Ante lo que viene de fuera podemos sentirnos aterrados, desesperados, e incluso llenos de pavor. Se nos olvida muchas veces como a ellos que Jesús está con nosotros en la barca. Se nos olvida que tenemos la presencia de su Espíritu para guiarnos en nuestro caminar. Nosotros nos turbamos ante lo desconocido. Sentimos angustia ante la incertidumbre. Nos pasa, al igual que a los discípulos, como a Job. Nos preguntamos por el sufrimiento, nos turbamos cuando viene la tormenta. Pero Dios no responde a Job. Le invita a contemplar la belleza del universo, a que se admire de la belleza de lo creado. Le está invitando a mirar con otros ojos. A tener una mirada celestial, podríamos decir.


  Por eso, Jesús no se turba. Él conoce los designios del Padre. Él conoce la voluntad y el proyecto de Dios. Es por eso que está tranquilo. Porque se ha entregado totalmente a su voluntad. Jesús nos invita, como el salmo, a dar «gracias al Señor, porque es eterna su misericordia». Nos invita a serenarnos y no dejarnos llevar por la desesperación. A no temer a lo nuevo o a las tormentas que nos sobrevienen. Su actitud nos enseña a parar y reflexionar. A saber discernir los “signos de los tiempos” para no llenarnos de turbación. A mirar más allá de lo evidente. Y así mismo hemos de mirar a Jesús. No es sólo un hombre. Un hombre no puede calmar una tempestad. Esto supera los límites de nuestra naturaleza y de nuestra capacidad. Esto nos remite al poder de Dios que habita en Jesús. Ese Dios que se ha hecho «carne y habitó entre nosotros» (Jn, 1, 14).


  Una vez ha calmado la tormenta, Jesús pregunta a sus discípulos por qué se han asustado. Les pregunta por su cobardía. Nos está preguntando por qué tememos. Nos pregunta por nuestra fe. Es verdad que tenemos problemas y turbaciones todos los días. Pero lo importante es estar sereno en nuestro interior, en lo más profundo. Intentar que nada nos quite la felicidad. Ser conscientes que “después de una tormenta, siempre llega la calma”. Estar tranquilos y edificados en Cristo. Como diría santa Teresa de Jesús: «Nada te turbe, nada te espante..., quien a Dios tiene nada le falta». No dejarnos asustar por lo inmediato y saber mirar más allá.


Al final del pasaje, los discípulos se preguntan por quién será Jesús. ¿Quién puede dar órdenes a los elementos y que estos le obedezcan? Más allá de respuestas doctrinales, nosotros podemos preguntarnos personalmente. ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa en mi vida? Quizás, si sabemos responder en nuestro día a día estas preguntas, podremos vislumbrar la claridad que hay siempre detrás de la tormenta. Cuando estamos en vueltos en ella, sólo vemos rayos, nubes y truenos. Pensamos que todo el mundo es gris. Pero detrás de todo eso, sigue brillando el sol, aunque nosotros no lo podamos ver.
 

Comentarios

1
fr. Pepe E.op 21 de junio de 2015, 18:08


Pasar a la otra orilla nos adentra en la tempestad y todo parece en nuestra contra. Si nosotros despertamos al Jesús que llevamos "dormido" las tempestades se calmaran y los miedos desaparecerán.
Vivimos un cristianismo lleno de doctas palabras que ha adormecido a Jesús pendientes del miedo a perder influencia,a ser perseguidos y quedarnos son vocaciones...

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