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"Llamada a la conversión" III Cuaresma (Lc 13, 1-9)

3 comentarios

El Señor quiere que nos convirtamos a Él. Quiere encontrarse con nosotros. Quiere que le sigamos, e insiste tanto en ello porque nos ama y quiere nuestro bien.

     Este domingo nos adentramos en la tercera etapa de nuestro camino cuaresmal, que nos va preparando para celebrar la Pascua del Señor, nuestra meta. Nos quedan tres semanas aún para trabajar por nuestra conversión, para cambiar aquellas cosas que nos atan y no nos dejan seguir adelante, para liberarnos de todo lo que nos esclaviza, de todo lo que nos paraliza, de lo que no nos deja ser nosotros mismos. Se trata de cambiar el rumbo de nuestra vida, en definitiva, para romper con aquello que no nos deja ser mejores personas, y, por lo tanto, mejores cristianos. Esto es lo que nos pide Jesús en el Evangelio de este domingo.


     Recordemos cómo en el evangelio del primer domingo de cuaresma se presentaba a Jesús como verdadero y fiel Hijo de Dios. Y cómo el evangelio del segundo domingo nos lo presentaba reconocido por el Padre como su Hijo amado en la Transfiguración. En este tercer domingo, lo que destaca es la llamada de Jesús a la conversión, que Jesús la presenta en sus palabras como una urgencia.


     El relato del evangelio comienza con el acontecimiento de que algunos fueron a contarle a Jesús que Pilatos había matado a unos galileos, y que había mezclado su sangre con la de sus sacrificios. Estos hombres creían que les había pasado eso a los galileos porque eran más pecadores que los demás y, por tanto, recibieron el castigo que merecían.


     Jesús, viendo sus intenciones se lo niega y les pone el ejemplo de los que murieron aplastados por la torre de Siloé, diciéndoles que no les sucedió por haber sido más culpables que los demás habitantes de Jerusalén. Jesús deja claro que el problema no es el morir de una forma trágica, sino que el problema está en cómo se muere. Jesús está haciéndoles una invitación urgente a la conversión. Por esta razón, debemos cuidar diariamente nuestra relación con Dios, cultivando nuestra vida de oración, y teniendo verdadera amistad con Jesús, nuestro maestro. Por eso, añade a continuación: “Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Estas palabras de Jesús, que son muy duras, quieren trasmitir esa llamada a la conversión, porque Jesús quiere el bien y nunca el mal, quiere siempre lo mejor para nosotros. Por eso, para insistir de alguna forma y que no quepa duda, cuenta la parábola de la higuera que no da fruto. El labrador que ruega que no la corten todavía es Jesús. Él está dispuesto a esperar lo que haga falta, cuidando de nosotros, hasta que demos fruto.


     Querido hermano o hermana que estás leyendo esta reflexión: El Señor quiere que nos convirtamos a Él. Quiere encontrarse con nosotros. Quiere que le sigamos, e insiste tanto en ello porque nos ama y quiere nuestro bien. Es cierto que el camino de la conversión cuesta y exige constancia, pero sin duda alguna valdrá la pena. Aprovechemos este tiempo de cuaresma para esforzarnos en ello. Salgamos de nosotros mismos y sumergiéndonos en la Palabra de Dios hagámosla vida en nosotros dejando a Dios ser el Rey de nuestra vida. ¿Podemos ocuparnos en hacer algo mejor?

Comentarios

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Victor M. 28 de febrero de 2016, 23:40

Muchas gracias por tu artículo fr. Dailos! Que el Señor siga bendiciendo tu vida para que transmitas el Evangelio como lo haces, siguiendo el camino de Santo Domingo de Guzmán. Un abrazo.

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fr. Pepe E.op 26 de febrero de 2016, 17:19


Dailos: En nuestro tiempo seguimos tropezando con los faraones. Seremos más pequeños que Moisés, pero Dios no se fija en eso, sino en nuestra disponibilidad, en anunciar el amor,consolar y dar esperanza...

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Elena Hage 26 de febrero de 2016, 12:55

No, hermano, no hay nada mejor que gastarse y desgastarse por alcanzar la meta, Jesús, qué afortunados somos, siendo Él quien nos espera con infinita paciencia, hasta que, a pesar de ir dando tumbos, por fin logramos con Su amor, convertir la vida.
Muchas gracias fray Dailos, por tan excelente reflexión. Que Dios te lo pague.

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