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"Un rey peculiar" - Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

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"Lo sorprendente no va a ser el juicio, ni la separación. Lo sorprendente es lo que se va a exigir en ese juicio, que no es otra cosa que la máxima de la caridad, es decir, cómo nos hemos comportado con los demás, nosotros que pertenecemos al rebaño de Cristo".

 Con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo la Iglesia pretende ofrecernos varias claves para nuestra vida cotidiana. Lo primero que quiere expresar es que el reinado de Cristo, a quien seguimos, es un reinado de Verdad, Vida, Santidad, Gracia, Justicia, Amor y Paz. Y esto precisamente porque está cimentado sobre la roca que es Cristo, el que se despojó de su rango, de su categoría de Dios y pasó por uno de tantos (Flp 2, 7), y sostenido por el que es el alfa y la omega, el principio y el fin (Ap 22, 13). Por tanto, un Reino con unos valores concretos, abierto a la universalidad y eternidad para los hombres y mujeres de todos los tiempos.


Otro aspecto que la Iglesia quiere remarcar con esta festividad es el final del año litúrgico; por ello nos deberíamos preguntar quién ha reinado en nuestro corazón a lo largo de este ciclo que termina, o si le hemos permitido a este Rey que lleve el rumbo de nuestra vida... La próxima semana comenzamos el Adviento, un tiempo de preparación para recibir al Mesías, y por tanto nos debemos plantear ante lo nuevo que vamos a vivir la necesidad que tenemos de hacer un esfuerzo por preparar y por dejar que reine en toda nuestra existencia el Rey del Universo.


Es curioso ver cómo la primera lectura, el salmo y el Evangelio de Mateo nos hablan de la figura del rebaño y del pastoreo, algo que ya nos queda muy lejano en el tiempo por tratarse de imágenes del mundo pastoril y rural. Lo que sucede es que Mateo nos presenta esta visión escatológica de la instauración del Reino de Dios en una clave nueva: la del Rey-pastor. Por tanto, podemos decir que no es cualquiera este rey que un día determinado vendrá a nuestro encuentro. Separará, según la parábola, las ovejas de las cabras: a las ovejas las pondrá a su derecha y a las cabras a su izquierda. Lo sorprendente no va a ser el juicio, ni la separación. Lo sorprendente es lo que se va a exigir en ese juicio, que no es otra cosa que la máxima de la caridad, es decir, cómo nos hemos comportado con los demás, nosotros que pertenecemos al rebaño de Cristo. Al pasar por esta vida ¿qué hemos ido sembrando en todas nuestras relaciones fraternas?, ¿qué importancia le hemos dado al hermano sufriente, para ahora poder salir victoriosos en la prueba final de la vida?


Sorprendente sí, porque el Rey-pastor conoce nuestro barro. Sabe perfectamente de la pasta de la que estamos hechos. También es curioso el título que emplea San Mateo, Rey-pastor, precisamente porque no es el rey lejano que está en un palacio y le son ajenas todas las vivencias de su pueblo. A ese rey de palacio se le escapan las miserias, injusticias, pobrezas, opresiones que pasan día a día los que viven en su reino. Por el contrario, este Rey que pastorea es distinto: "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz"(Flp 2,6-8). Ciertamente este Rey-pastor conoció de primera mano la soledad de Getsemaní, las negaciones de un amigo, sabe de las condenas injustas por las que pasan a diario los de condición humana. Por todo eso es el único capaz de venir a juzgar, porque sabe cómo obra el corazón humano.


En eso consiste el juicio: en desvelar lo que está oculto en el fondo de cada corazón humano: No es otra cosa sino constatar con qué intensidad uno ha grabado a fuego el mandato evangélico: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo, si se ha llevado a plenitud la máxima de la caridad entre los hermanos. Porque el Rey-pastor también ha vivido entre los humanos gestos de caridad: el de la mujer que derramó el perfume sobre sus pies y se los ungía con sus lágrimas, el de la viuda que se despojó de todo lo que tenía en el Templo o, yendo más allá, la fe del ciego de nacimiento. Gestos, obras, acciones entre los más pequeños que hacen que la balanza se incline a invitar: venid benditos de mi Padre y heredad el Reino preparado para todos aquellos que entendieron el sentido del Reino de Dios; la Verdad, la Vida, la Gracia, la Justicia, el Amor, la Paz y lo implantaron de una manera gratuita y misericordiosa. Ese día el Rey-pastor abrirá la puerta del aprisco a todos aquellos que se han ido dejando la piel en servir, en dar luz, en ser sal, en ser camino, en ser huellas del Reino de Dios.


¡Sorprendente! Este Rey-pastor que nos llama a vivir en plenitud la máxima de la caridad con nuestro próximo para hacernos participes de su Reino. ¡Atrévete! Da el paso en tu día a día para reconocer a ese Rey-pastor que quiere reinar en tu corazón y quiere hacerte partícipe de su gran obra de ir vendando los corazones que se van desgarrando a lo largo de las sendas de esta vida.

Comentarios

1
fr.Pepe E,op 23 de noviembre de 2017, 13:39


No siempre ha sido así. Con frecuencia la imagen de Cristo Rey ha servido para legitimar sistemas totalitarios ajenos a la concepción cristiana del hombre.
Aún hoy sigue sin escucharse el mensaje de Jesús que reina desde la Cruz y no desde el poder.
No nos gusta ser pastores, preferimos ser reyes.

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