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Vivir la esperanza en tiempos difíciles - I DOMINGO DEL ADVIENTO

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A veces estamos felices, otras tristes (y nos angustiamos por diversas situaciones), pero siempre amanece un nuevo día y seguimos adelante: «Dios a nadie desampara».

En el evangelio de hoy, Lucas nos presenta «señales en el sol, en la luna, en las estrellas y en la tierra, angustias de las gentes, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo...»; signos que, de alguna manera, parecen agobiantes, sobre todo si les damos continuidad a los evangelios de los domingos anteriores, todos en clave apocalíptica. Sin embargo, leerlos en esta clave no debe producirnos miedo, sobre todo porque para la visión judeocristiana estos se desarrollan en torno a temas escatológicos, es decir, del fin de los tiempos (pero no necesariamente trágicos).

Si bien es cierto que para el evangelista hasta el firmamento se estremecerá, también es verdad que advierte: «Levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación». De manera que, aunque todo apunte a la sola presencia de la angustia, de repente aparece como en medio de las tinieblas un rayo de luz y esperanza. Todo esto parece contradictorio, pero eso no debería extrañarnos: nuestra vida está llena de contradicciones. A veces estamos felices, otras tristes (y nos angustiamos por diversas situaciones), pero siempre amanece un nuevo día y seguimos adelante: «Dios a nadie desampara».

Asimismo para nuestro sosiego, y ante un posible ataque de ansiedad por lo que se avecina, echemos un vistazo al entorno en el que vivimos, la sociedad en la que nos ha tocado vivir y que construimos a diario. Rápidamente nos daremos cuenta de que, como afirma el adagio, «La realidad supera la ficción». Es decir, que hay muchas cosas de nuestro mundo y de nuestro tiempo que posiblemente son más abrumadoras que las que nos presenta el texto: en su mayoría, como consecuencia de la soberbia y avaricia del ser humano.

Por eso el Evangelio nos invita a estar vigilantes, porque, si ya se presentaron las señales, significa que el Hijo del Hombre está por llegar. En este sentido, se vuelven iluminadoras las palabras del Deuteronomio:«Meted estas palabras mías en vuestro corazón y en vuestra alma, atadlas en la muñeca como un signo y ponedlas de señal en vuestra frente». Al estar vigilantes y fieles a las enseñanzas de nuestro Salvador, atentos a las necesidades del prójimo, expresando el amor fraternal, siendo sal y luz para el mundo y en sintonía con la buena nueva, estaremos encaminados a la gracia y en la espera del Mesías, el Señor.

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