Testimonio vocacional de Fray Ignacio Castro Ortega

Fr. Ignacio Castro Ortega
Fr. Ignacio Castro Ortega
Convento de Santo Tomás de Sevilla

Entiendo lo de la vocación como una búsqueda. Aunque una muy diferente a la búsqueda de una serie o de una buena pizza. La “vocación” no es el resultado de una exacta ecuación existencial. Es, más bien, el encuentro de dos búsquedas: la personal, con todo lo que soy y no soy, y la búsqueda de Dios, cuyo objetivo es encontrarme, lograr que me identifique cada vez más con mi yo más real y auténtico. Personalmente, creo que la única llamada que Dios nos hace a todos y a todas es a ser felices. Lo demás, el bendito «cómo», corre por nuestra cuenta y por nuestras arriesgadas opciones. Lo importante es que siempre podemos contar con este motor, bastante móvil (perdón, amigos escolásticos), que alienta y sostiene todos nuestros intentos por ser plenos y felices, cargándolos de sentido y nuevos nacimientos.

Desde pequeño la búsqueda de Dios me encontró de la mano de mi abuela Sofía y el tradicional «mes de María» chileno. De su mano, Dios se me apareció en el misterio de ese templo, de ese olor, de esas mujeres…Y me fascinó. Luego, en el colegio, las buenas Dominicas de la Presentación terminaron de reflejarme un Dios con el que me sentía a gusto, y que, en definitiva, podía estar muy cerca. Pronto la pastoral del colegio me hizo formar parte de un círculo de amigos que me permitió crecer y desarrollarme. Ya casi al terminar mis estudios secundarios, pude participar de mis primeras misiones de verano junto a los Misioneros Presentación de Chile y Argentina. Ahí comenzó todo: el compartir con la gente sencilla del campo, empaparme de la simplicidad de personas que vivían su relación con Dios como una posibilidad de ser mejores hombres y mujeres, de experimentar en tiempo completo la convivencia con otros en un proyecto común… La búsqueda de Dios, que ahora era más personal, me alcanzó de formas inesperadas. Lo que duró dos semanas, definitivamente, tal vez, podía durar toda la vida.

A través de mis hermanas dominicas y mis hermanos misioneros Presentación, conocí la familia dominicana y a los frailes dominicos. Lo primero que me llamó la atención de estos hombres es que eran, paradójicamente, hombres. En lo más natural y sencillo (y complejo, por supuesto) de su significado. En esa humanidad que buscaba ser humana, sin misticismos ni grandes éxtasis, comencé a percibir un camino diferente, de libertad, en que la búsqueda de Dios se traduce en hacer que el Evangelio, ese que había gozado con campesinos y mapuches, se fuese instalando poco a poco en las posibilidades del barro y de la luz de nuestra humanidad. Gracias a la libertad que experimenté, me encontré, con mayor intensidad, con la rabiosa búsqueda que Dios estaba haciendo. Misteriosamente, sentí que Dios quería que fuese plenamente feliz, conmigo, y nunca sin mí. Conocer a los frailes cambió mi forma de entender y relacionarme con Dios.

Luego de un par de vueltas, estudié Filosofía. Gracias a ella comencé a creer de otra forma: más amplia, mas profunda, más vulnerable. Tener amigos no cristianos nunca fue tan valioso, tan liberador, tan de Dios. Percibí (y percibo) que la filosofía, lejos de cortar puentes, es un lugar en donde podemos soñar con todos y todas, construir libertad, diálogo, y, sobre todo, vínculo y justicia. Con Pierre Claverie, digo firmemente: ¡Necesito la verdad de los demás!

Finalmente, hace unos años conocí la experiencia de la Orden en el vicariato Antón Montesino en Paraguay, Uruguay y Buenos Aires. La realidad de los hermanos, la opción por un estilo de vida sencillo y muy comprometido con los pobres en el campo o en la ciudad, el trabajo pequeño y silencioso por el Reino, la valoración de lo diferente, me convencieron de que el sueño de Domingo de Guzmán es muy posible y real. Luego de casi dos años de experiencia en Asunción del Paraguay, entre bañados y campos, asimilé la predicación como una forma de vivir, ser y estar. Sentí que la predicación es el lugar en donde mi búsqueda y la de Dios se encuentran y se abrazan. En esto, gracias a los hermanos, comencé a abrirme a la experiencia profunda de la acogida, a aprender la fraternidad, a atreverme a salir más y más de mí mismo.

Actualmente me encuentro en Sevilla, España, finalizando mi experiencia de noviciado. Ha sido un tiempo precioso, sobre todo para profundizar en mi búsqueda y la búsqueda de Dios, e intentar, con todas mis limitaciones y potencialidades, comenzar a vivir cada vez más desde ellas. Lo cierto es que ninguna de ellas se detiene; siguen recorriendo mi humanidad, cada vez más abierta y ligera, buscando cauces para hacer, junto a mis hermanas y hermanos predicadores, un mundo más justo y acogedor.