Un testigo creíble*

Fr. Diego Rojas
Fr. Diego Rojas
Convento de Santo Domingo, Rep. Dominicana

La vida de los santos de nuestra Iglesia y nuestra orden, son modelo y estímulo para nuestra vocación. Son focos que iluminan con su testimonio, aunque en su mayoría lejano en el tiempo, nuestro caminar en la fe y nuestro formación como frailes predicadores. Pero aún lo son más aquellos frailes cercanos a los que conocimos de primera mano. Al compartir vida con ellos nos tocan de manera especial. En el vicariato Pedro de Córdoba, uno de ellos fue fray José Manuel Fernández González del Valle, Padre Pepe para la mayoría de feligreses, Pepito para nosotros los frailes.

Ya fuera por su prodigiosa memoria, que le permitía narrar vivencias con mucho detalle como si fueran cosas de ayer, su constancia y disciplina, que le permitieron mantener un estado físico envidiable y por ello llegar a 93 años de vida lúcido de mente y autosuficiente de cuerpo, o sus ocurrencias y graciosas peculiaridades, no pasaba desapercibido para quien lo tratara con cercanía. Sus anécdotas e historias reflejaban una cultura elevada, fraguada en el estudio aplicado, pero más reflejaban una vida intensa marcada por su ser cristiano y afán de vivencia evangélica, en el marco de la Cuba del siglo XX. Pepito fue testigo de la historia del siglo pasado, la mundial y la local. Vivió el antes, el durante y el después de la revolución cubana, siendo fiel al Evangelio y sus convicciones. Su máxima, «Servir a mi pueblo». Así lo hizo en sus más de 60 años de sacerdocio. Fue testigo mientras testimoniaba el Evangelio, que predicaba con su vida sencilla y sin ambición de protagonismo. Fue fiel en lo cotidiano, en la disponibilidad, en el servicio discreto, en el saber estar.

Relevante para la Orden en Cuba fue el hecho de que en 1961, gracias a su acción prácticamente solitaria, y por tanto valiente, impidiera en La Habana que nuestro convento y su iglesia fueran expropiados. La Orden pudo conservar el emblemático edificio, y con él lo más importante: la presencia de los frailes en el estratégico sector de El Vedado, en la capital cubana. En la primera mitad del siglo XX, el convento San Juan de Letrán era un importante centro espiritual, cultural y social. Conservar su propiedad garantizó que hoy, luego de sobrevivir y adaptarse a las circunstancias políticas y sociales locales, lo siga siendo. Así, la labor y el servicio de la Orden allí sigue siendo fecunda y relevante para el pueblo cubano. Por esto y por más, Pepito se mantendrá vivo en nuestro recuerdo, siendo ejemplo cercano de entrega y fidelidad.

*El título de este artículo recoge parte del título de un libro prácticamente autobiográfico sobre el Padre Pepe: El Padre Pepe, un testigo creíble (Miguel L. Albuerne Mesa).