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Desplazándonos…

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"No estamos anclados a un solo espacio geográfico, ya que todo es de todos, así como la responsabilidad de cuidarlo, de mantenerlo vivo".

En muchas ocasiones expresamos que «vamos a realizar un viaje». Este puede realizarse sentados, simplemente recordando lo vivido, mediante una conversación sobre otros lugares del mundo o un recorrido por la historia con una temática concreta. Puede tratarse de la misma vida, cuando hemos iniciado un caminar y no sabemos cuándo concluirá. También puede referirse al ponernos en movimiento: desplazándonos, visitando pueblos, ciudades, países, continentes o hasta salir del planeta Tierra. Y, más aún, cuando hacemos referencia al Viaje definitivo.

El desplazarse depende de diversos intereses: trabajo, estudio, turismo, vacaciones, peregrinaciones…, con la dinámica que ello conlleva: horas de espera en las fronteras, aburrimiento en los aeropuertos, vuelos que se retrasan, aviones que se caen, barcos que se hunden, trenes perdidos, buses incómodos, coches que se averían, etc. Unos viajan con mucha animosidad y otros por pura responsabilidad; incluso otros por pura obligación, cuando se ven forzados a salir de sus países.

Somos seres humanos y somos diversos. Sin embargo, los viajes en clave dominicana tienen otro tinte: es el de la itinerancia. La Orden de Predicadores es universal; en ella todos nos reconocemos hermanos y, aunque existan tantos medios de comunicación digitales, también nos encontramos viajando. El itinerario es uno de los elementos más significativos para encontrarse personalmente con el otro.

No lo hacemos —o no debería ser así— por coleccionar más sellos en el pasaporte, por agrandar la lista de las ciudades o países conocidos, sino para entrar en contacto con otras realidades, con otras culturas y, claro está, también conocerlas. Tampoco podemos generalizar o invitar a que todos tengamos esa experiencia de viajar, ya que no todos poseemos los mismos recursos económicos. Sin embargo, los esfuerzos llevan a concretar muchos sueños que contribuyen a la felicidad.

Viajar ayuda a salir de uno mismo y compartir el tiempo con otros iguales. Ayuda a trascender fronteras no solo físicas sino mentales, valorar más lo que es de la propia cultura y al mismo tiempo saber que no es la única ni la mejor que existe en el mundo. No perdemos identidad: al contrario, nos enriquecemos con lo que los demás nos pueden dar y con lo que podemos ofrecer. Eso ayuda a reconocernos como hermanos; al fin y al cabo, todos somos «extranjeros y peregrinos» (1 Pe 2,12), pues «nuestra ciudadanía está en los cielos» (Flp 3,20). De ahí el absurdo de los nacionalismos. No estamos anclados a un solo espacio geográfico, ya que todo es de todos, así como la responsabilidad de cuidarlo, de mantenerlo vivo. Bien estaría que realmente esto se pudiera vivir con intensidad y verdad.

San Agustín decía que «el mundo es un libro y aquellos que no viajan solo leen una página». Salir de nosotros mismos y conocer otras razas, lenguas, pueblos y naciones, dejarnos permear por la realidad que el otro vive es conocer el valor de la vida; aumenta el conocimiento y aplaca la ignorancia, por muy corto que el viaje sea. Lo extraño deja de ser totalmente ajeno gracias al contacto con ello.

Esto llevó a nuestro hermano Fr. Timothy Radcliffe a incluir en sus numerosos libros sus experiencias de viaje, ganando una profunda enseñanza de cada momento compartido con los hermanos. O a nuestra hermana sor Lucía Caram a escribir Mi claustro es el mundo. Valga esto como muestra de tantos hermanos y hermanas que viven desplazándose, y cuyas palabras trascienden fronteras. No solo por tener los recursos económicos para viajar, sino porque la itinerancia, la misión, el servicio los llevan a ello, haciendo eco del mandato de Jesús: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16,15). O como dice el canto: «Id por todo el mundo anunciando el amor».

Al profesar los votos, no lo hacemos para un determinado territorio o para una estabilidad, sino para la Orden, con todo lo que ello significa. Esto nos obliga a estar en desplazamiento, a realizar frecuentes viajes, y nos reta a dejar huella positiva en las personas y lugares visitados. Nuestra riqueza está en que vayamos donde vayamos, estemos en el convento donde estemos, colaboremos en la provincia donde colaboremos, vivamos con los hermanos con quienes vivamos siempre nos sentimos en casa.

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