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"El grano de mostaza" - XI Domingo TO

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"Como sembradores debemos cuidar y atender nuestra semilla para que germine y más aún para que crezca, pero sabiendo que lo que hace que brote la vida no son nuestros esfuerzos, no es algo que hayamos añadido a la semilla sino su propia fuerza vital".

Nuestras sociedades, familias, acciones pastorales y nuestra propia vida están, en gran medida, marcadas por la búsqueda de éxito. Antes de comenzar cualquier empresa estudiamos bien para conocer los posibles beneficios, vemos los pros y contras y tratamos por todos los medios de asegurar el éxito y las ganancias. Y cuando las cosas no dan el resultado esperado vienen, no pocas veces, la frustración y la desesperanza. Incluso en nuestras comunidades cristianas nos esforzamos por mejorar cada vez más nuestras labores pastorales, por tener más niños en catequesis, más primeras comuniones o confirmaciones, más grupos de oración y de acción, más…, más…, más…

No se trata de que estos esfuerzos sean vanos o negativos o de que no debamos tratar cada día de ser mejores y de servir de la mejor manera. Pero en el Evangelio que la liturgia nos ofrece este XI domingo del Tiempo Ordinario (Mc 4, 26-34) Jesús nos recuerda que nuestra misión no es recoger los resultados del trabajo sino ser humildes sembradores.

Esta misión de ser simples sembradores del Evangelio nos libera de unas cargas que hacen imposible la construcción del Reino en nuestra vida. Ser conscientes de esta encomienda nos evita el vivir pendientes de los resultados, de la búsqueda del éxito inmediato. Esto nos ayuda a superar la tentación de la soberbia y de creer que todo depende de nosotros. Es bueno tener presentes que, como dice el Señor, “la semilla germina y crece y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto y todo esto sin que el sembrador sepa cómo” (cf. Mc 4, 27-28).
Es muy importante la acción del sembrador. Debemos poner una buena semilla, en tierra buena y en el momento ideal. Como sembradores debemos cuidar y atender nuestra semilla para que germine y más aún para que crezca, pero sabiendo que lo que hace que brote la vida no son nuestros esfuerzos, no es algo que hayamos añadido a la semilla sino su propia fuerza vital. Así pasa con el Reino de Dios, debemos de ser sembradores del Evangelio y dejar que la Gracia del amor de Dios actúe y de como frutos un futuro mejor.

Debemos permitir, por nuestra acción como sembradores y predicadores de la Gracia, el encuentro entre la semilla que es el amor de Dios y la tierra que somos los seres humanos. Un encuentro que convertido en relación entre dos amores (el de Dios y el de los hombres) genere vida nueva y construya el Reino. Nuestra misión es propiciar ese encuentro, sembrar el amor de Dios y dejarlo transformar los corazones.

En su texto sobre “La formación del Predicador” el Maestro de la Orden Humberto de Romans nos da unas claves sobre cómo predicar que se pueden aplicar también a cómo sembrar la semilla del Evangelio. Dice que debemos hacerlo “procurando la salvación de los demás, cosa que a menudo se consigue más por las conductas que por las palabras”, siendo “buenos ante Dios” y buenos “ante la gente” y siendo también “buenos no en partes sino integralmente. Buenos en todo”. En definitiva solo si la gente ve en nosotros un reflejo de la bondad y del amor de Dios podremos sembrar las semillas del Reino.

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