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La oración simple es la que llega al cielo – la Virgen del Rosario

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La celebración de hoy nos invita a meditar los favores que uno puede alcanzar, por medio de la contemplación de los misterios de Cristo, logrando así innumerables gracias según los méritos de la encarnación, pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios.

La celebración de hoy nos invita a meditar los favores que uno puede alcanzar, por medio de la contemplación de los misterios de Cristo, logrando así innumerables gracias según los méritos de la encarnación, pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios. Esta fiesta que celebramos hoy fue instituida por el papa Pío V en 1571, cuando se conmemoró la victoria de los cristianos en la batalla naval de Lepanto, cerca de la ciudad griega de Náfpaktos.

En esta batalla, los cristianos católicos, en medio de la recitación del rosario, resistieron a los ataques de los turcos otomanos. Tal oración a la Virgen estaba formada desde el siglo VI, por lo menos su primera parte, con las palabras del arcángel Gabriel a María en la anunciación (cf. Lc 1, 28) y con las palabras de Isabel en la visitación (cf. Lc 1, 42).

El origen del rosario es muy antiguo, ya que se dice que los monjes anacoretas usaban guijarros para contar el número de oraciones vocales. Así, en los conventos medievales, los hermanos laicos, dispensados de la recitación del salterio (los 150 salmos) debido a su desconocimiento del latín, completaban sus prácticas de piedad con la recitación de padrenuestros.

No el mucho saber harta y satisface al alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente (aforismo ignaciano, Ej. 2).

En la historia también encontramos a María, que se le apareció a santo Domingo y le entregó el rosario como un arma potente para la conversión. Esta devoción, difundida principalmente por santo Domingo y los dominicos de todo el mundo, recibe la aprobación de la Iglesia y se ha enriquecido con muchas indulgencias. Esta corona, que otrora tuvo 150 avemarías, en analogía con los 150 salmos, pasó a tener 200 avemarías. San Juan Pablo II, en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, publicada el 16 de octubre de 2002, introdujo una nueva serie de «misterios», que son los misterios luminosos: «Considero oportuna una incorporación que […] les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: “Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo” (Jn 9,5)».

Por lo tanto, el rosario se reza en casi todos los idiomas, y tanto el papa san Juan Pablo II como muchos otros que lo precedieron recomendaron esta oración simple y poderosa, con la cual, por intercesión de la Virgen María, alcanzamos muchas gracias de Jesús, como la Santísima Virgen nos enseñó con su apertura al designio divino. Que al comenzar de cada día digamos como María, que prefigura a toda la humanidad: «Fiat mihi secundum verbum tuum».

 

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