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La santidad en la Orden de Predicadores

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Todos estamos llamados a dejarnos habitar por el Espíritu de Dios, y dejar que su acción amorosa y misericordiosa nos lleve a tener una relación tan intensa e íntima que nos permita estar unidos siempre a él y a los hermanos: esa es la santidad.

La santidad es la gran vocación de todo cristiano, así nos lo ha mandado Nuestro Señor Jesucristo, cuando nos dice: «Sed santos como vuestro Padre celestial es santo» (Mt 5,48). No es una cuestión opcional, sino que todos estamos llamados, desde nuestra propia condición, a dejarnos habitar por el Espíritu de Dios, y dejar que su acción amorosa y misericordiosa nos lleve a tener una relación tan intensa e íntima que nos permita estar unidos siempre a él y a los hermanos: esa es la santidad.

Sin embargo, el Espíritu, que se ha derramado en todos nuestros corazones, tiene particulares formas de irnos llamando a esa santidad, dependiendo de nuestros dones y carismas, que él mismo nos ha dado; de esa manera, dentro de la Orden de Predicadores, contamos con una espiritualidad particular, con unos elementos que nos caracterizan como dominicos, pero siempre unidos y en comunión con la Santa Madre Iglesia, que nos ayudan en este camino de santificación.

Para poder comprender de mejor manera esos elementos, tenemos que volver la mirada a nuestro fundador, santo Domingo de Guzmán, pues él, con su vida y obra, nos trazó el camino que debemos recorrer para llegar a Dios. En este sentido, es una tradición dentro de la Orden de los dominicos, que cada noche al concluir con la última oración, se entone la Salve Regina, para pedir la protección de la Virgen María, pero también se entona una antífona a santo Domingo de Guzmán. Una de esas antífonas reza así: «Luz de la Iglesia, doctor de la verdad, ejemplo de paciencia, ideal de castidad, que nos diste a beber con largueza el agua de la sabiduría, predicador de la gracia, únenos a los santos». Esta antífona resume en pocas palabras lo que fue la vida de fray Domingo de Guzmán y nos deja entrever a nosotros, como seguidores de sus huellas para llegar a Cristo, la forma en que podemos alcanzar la santidad en esta vida.

Vamos a desgranar cada una de esas características que se atribuyen a nuestro santo fundador, para poder ahondar no solo en su personalidad, sino para comprender de mejor manera cómo nosotros, como dominicos, vivimos y anunciamos la manera de santificarnos y de santificar al mundo con nuestra vida y misión.

Luz de Iglesia. La sociedad en que Domingo vivió estaba convulsionada fuertemente por grandes cambios a nivel social, eclesial, cultural, etc., y a él le tocó leer esos signos de su tiempo para poder dar una respuesta evangélica a las necesidades que veía. Hoy a nosotros nos corresponde ser «cristianos luz» (Mt 5,13-16): en medio de situaciones de tanto dolor, sufrimiento, injusticia y muerte, aprendemos a contemplar el rostro de Dios, encarnado en los hermanos que sufren, e intentamos ser portadores de luz y de esperanza en medio de este mundo tan convulso en el que vivimos.

Doctor de la verdad. Aquí doctor debemos comprenderlo en su sentido más primitivo, es decir, como el que enseña. Nosotros, los dominicos, tenemos el estudio como uno de nuestros pilares fundamentales, pero no estudiamos por mera erudición; somos buscadores de la veritas, y la vida se nos va, intentando descubrir, vivir y anunciar esa verdad; ese es nuestro norte de santidad, una vida que desgastamos escudriñando la verdad suprema, que es Dios, Palabra hecha carne, que puso su tienda y acampó entre nosotros y nos ha dejado la tarea de anunciar y construir su Reino de justicia y paz, especialmente entre los más empobrecidos de este mundo.

Ejemplo de paciencia, ideal de castidad. Los dolores del mundo, nunca pueden ser ajenos a nosotros, por tanto nuestra espiritualidad nos exige estar en las fronteras, que es donde se juegan los dramas de la vida. En estas fronteras el único pasaporte debe ser el amor y la acogida de quien peregrina por este mundo y, por tanto, nos dedicamos a la comprensión de lo humano y lo divino para ahondar en el misterio de Dios, y así amarlo y amar al hermano. Eso requiere de nosotros un corazón comprometido con la oración, indiviso y siempre abierto a la acogida del que busca, quizá sin saberlo, a Dios y mostrarle el amor del Padre, que nosotros mismos hemos experimentado.

Nos diste a beber con largueza el agua de la sabiduría. Nuestra oración y nuestro estudio, aun cuando es personal, tienen un carácter comunitario, porque no intentamos conocer más, de una forma personal y egoísta, sino que «contemplamos para dar de lo contemplado». Todas las mediaciones que vivimos nos llevan necesariamente a dar una respuesta compasiva al mundo, porque no vivimos solos y para nosotros mismos; nos formamos en comunidad, para juntos abrazar al mundo y formar una familia: la familia de los cristianos.

Predicador de la gracia. Ontológicamente somos predicadores, anunciadores de la Buena Nueva, y por eso la predicación dominicana, siempre será de gracia, de amor, de esperanza; nunca será una predicación fatalista o de derrota, porque hemos aprendido a ver que Dios no se cansa de derramar su amor en el mundo y, por tanto, nosotros no podemos negarle eso mismo a las personas.

No podríamos vivir todo esto sin una íntima unión a la Sagrada Eucaristía, que es el pilar fundamental de toda vida cristiana, y con una constante lectura y vivencia de las Sagradas Escrituras, así como una oración profunda movida por el Espíritu Santo. Por eso, tratamos de que toda nuestra vida sea una constante y perenne oración: cuando oramos en comunidad, en la oración personal, en la meditación en silencio, pero también cuando estudiamos, cuando predicamos y cuando convivimos con los hermanos, podemos sentir que estamos comunicándonos con Dios, y por tanto estamos orando. ¡Cuánta necesidad de oración tenemos!

Este ha sido un breve recorrido sobre los elementos fundamentes que sostienen nuestra espiritualidad dominicana, los cuales, vividos en plenitud, nos santifican y nos ayudan a santificar al mundo. No dejemos, pues, de clamar al Espíritu que se derrame en nuestros corazones y nos conduzca por caminos de santidad, tan urgentes hoy en nuestro mundo, caracterizado por el dolor y el sufrimiento, tan cansado pero tan sediento de Dios, y pidamos la intercesión de Domingo de Guzmán, para que nos obtenga de Dios su gracia. Sigamos diciendo únenos a los santos.

Comentarios

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Gonzalo 27 de septiembre de 2019, 19:49

Muy lindo después de leer tus bellas palabras se me llenaron los ojos de lágrimas de ver mi amigo lo dedicado que estas al servicio de NUESTRO PADRE CELESTIAL te deseo qué el SEÑOR te siga guiando con esa gran alegría qué sientes el estar al servicio de el te deseo muchos éxitos en la vida al lado del ESPÍRITU SANTO AMÉN

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Ivonne Araya Vargas 27 de septiembre de 2019, 19:36

Exelente mensaje lleno de esperanza, nos hace ver un Dios de amor y compasión que nos llama a todos a la Santidad, pues todos somos capaces de llegar a ella. Este texto nos motiva a seguir trabajando por el Reino de Dios. Muchas gracias fray Ronald A Fajardo.

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fr. Pepe E. op 23 de septiembre de 2019, 11:09


Como creyentes corremos el riesgo que nuestra escucha de la Palabra, no nos haga discípulos de Jesús el Señor sino coleccionistas de títulos lujosamente enmarcados . El discípulo de Jesús escucha la Palabra que genera nuestra propia conversión y predicación.

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