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María y la esperanza del Adviento

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Ella creyó y esperó, porque es Madre, y fue la que mejor ha celebrado en la historia el Adviento y la Navidad.

Tradición muy antigua es esta de cantar como antífonas del Magnificat de los días 17 de diciembre hasta el 23 de diciembre, en pleno tiempo de Adviento, las llamadas antífonas del “o”, porque así empieza cada una de ella: O Sapientia...

Del siglo VII o VIII viene esta tradición, que hay que unir con otra que se celebraba en España el 18 de diciembre, establecida por el décimo Concilio de Toledo (656) que se llamaba “espera del parto” (Expectatio Partus) o “Santa María de la O” porque después de rezar la oración de la tarde el coro sostenía una larga “O”, símbolo de la expectación del universo por la venida del Mesías.


El Adviento es un tiempo de espera, tiempo en que aguardamos la manifestación de un gran acontecimiento como es el nacimiento del Señor, dando así cumplimiento a las promesas hechas por Dios reveladas en el Antiguo Testamento: “Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel”. (Is 7, 14). En el nacimiento de Jesús, un hijo nacido de la Virgen María por medio de la concepción divina, se ve el cumplimiento de esa profecía. Dios se hace hombre e interviene así en la historia humana a través de la mediación maternal de María. Es a través de Ella que viene el Redentor al mundo. Es Ella quien lo trae y lo presenta al mundo.


Pero sobre todo, es Ella quien espero con un inefable amor a Jesucristo, su Hijo; es Ella quien dijo “sí” a Dios: “hágase en mí según tu palabra” y tuvo a Cristo Jesús, en un adviento prolongado, dentro de sí misma. Y es por eso que se convierte para todos nosotros en modelo de como vivir el Adviento y de como acoger el nacimiento de Dios. Así lo rezamos en el segundo Prefacio de Adviento: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos conceda ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza.”

Por eso, en los último días antes de Navidad, la recordamos con gozo. Porque Dios la llenó de gracia, porque Ella creyó y esperó, porque es Madre, y fue la que mejor ha celebrado en la historia el Adviento y la Navidad. Al respecto escribe el papa Pablo VI en Marialis Cultus lo siguiente sobre el Adviento: “Este período, como han observado los especialistas en Liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto a la Madre del Señor; orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes.” (MC 4). En María tenemos un hermoso ejemplo, porque María es modelo de fe, modelo de esperanza, modelo en el Adviento y en la vida, modelo para la Iglesia, modelo para cada uno de nosotros; modelo porque nos anuncia el cumplimiento de las promesas de Dios en su Hijo Jesús.


Toda la humanidad, creyentes y no creyentes, vivimos en la esperanza. Todos buscamos sentido a nuestra existencia y queremos para nosotros y las demás personas una vida que sea Vida. En esta búsqueda hay diferentes caminos; algunos han formulado un fin trágico a la existencia, un final vacío, viven la existencia de la angustia: la vida es una tragedia. Pero, nosotros los creyentes, esperamos en Cristo y sabemos que el esfuerzo, la entrega, el amor, la solidaridad, e incluso el dolor, la enfermedad y la muerte tiene un sentido nuevo y pleno. Tenemos puesta nuestra esperanza en un Dios que se hizo uno de los nuestros, es decir, se ha hecho cercano, ha compartido nuestra humanidad, ha sabido de las alegrías y esperanzas de los hombres y ha vivido en el mundo que los hombres día a día van tejiendo. Un Dios que es revelado por Jesús, el Dios hecho carne, como amoroso, compasivo, un padre solícito, un juez misericordioso. Y todo esto hace posible que nosotros mantengamos la esperanza, que todavía tenga sentido esperar. Porque...


Adviento, tiempo de esperanza, en el seno de María crece el fermento de un mundo nuevo, el hijo del Dios vivo que llega a compartir con nosotros. Nace Emanuel, Dios-con-nosotros, hecho niño, pobre, pequeño y necesitado. María nos enseña el camino para hacer nacer a Jesús en nuestro tiempo: confianza, entrega, fidelidad, coraje, y mucha fe en el Dios de la Vida.


¡¡FELIZ NAVIDAD!!

 

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