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Cuaresma dominicana

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La Familia Dominicana tiene que insistir a tiempo y a destiempo en la predicación de la gracia, para urgir esas prácticas de justicia y misericordia, para sacar al cristianismo de tanto pesimismo, de tanto voluntarismo, de tanto moralismo…

¡Cuaresma! ¿A qué suena esta palabra? ¿Quizá no suene a nada? ¿Quizá al carnaval de Rio de Janeiro o el de Tenerife? ¿Quizá algunos días de vacación en los que ya se puede disfrutar de la playa, si el tiempo acompaña? Para los creyentes es un tiempo de preparación para la Semana Santa, en la que los cristianos celebran los misterios centrales de su fe: la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.
¿Y a qué se dedican los cristianos durante la Cuaresma para prepararse para la Semana Santa? Pues las personas más piadosas se toman muy en serio algunas prácticas y ejercicios tradicionales: ayunos y abstinencias, sacrificios y vida austera, más oración y prácticas religiosas… y los viernes el Via-Crucis…. ¿Es todo? ¿Es suficiente? ¿Es lo más importante? ¿Bastan esos ejercicios y esas prácticas para hacernos más humanos y más cristianos?


Hacemos estas preguntas a la rica tradición de la Familia Dominicana. Porque casi estamos aún en el Jubileo, es decir en la celebración de los 800 años de la fundación de la Orden en el siglo XIII. Pero, sobre todo, porque hay unos cuántos valores de la tradición dominicana que pueden ayudarnos a vivir a fondo la cuaresma. De ellos estamos muy urgidos en el mundo actual.


En primer lugar, la austeridad y la pobreza evangélica. Hasta hace poco lo de la austeridad sonaba a prácticas ascéticas de monjes y monjas. Hoy comienza ya a sonar al estilo de vida, a la cultura que necesitamos para enfrentar esta vorágine de consumismo en unos países y de pobreza extrema en otros. Es la cultura que necesitamos para cuidar de este planeta en peligro de agotamiento y destrucción. Todavía hay quienes defienden que es preciso consumir más y más para incentivar el desarrollo económico. La tradición dominicana desafía a emprender una cultura de la austeridad para incentivar el desarrollo humano. La felicidad suele llegar cuando se necesita menos, no cuando se posee más.


En segundo lugar, el valor de la humanización. Santo Domingo conjugó bien una gran humanidad con su vida evangélica. Cuando se llega a verdaderos niveles de integración de la humanidad y la espiritualidad, la amistad y la caridad se acercan tanto que parecen la misma virtud. Para adentrarse en ese proceso de humanización nada tan efectivo como la virtud de la compasión. Nada humaniza más que el sufrimiento, el propio y el ajeno, cuando se encaja debidamente. Por eso en casi todas las culturas se ha hablado de la “escuela del sufrimiento”. Lo decía Pinocho: “Las lágrimas que he llorado me han hecho más humano”. La mejor penitencia cuaresmal es la compasión que se hace cargo del sufrimiento de alguna víctima que nos esté cerca. Jesús de Nazaret es ejemplo de persona humana y compasiva. Domingo de Guzmán, también. La humanidad y la compasión son valores absolutamente urgentes en nuestra sociedad. Nos hemos ido acostumbrando a la violencia y al sufrimiento ajeno. Ya casi no distinguimos el mundo virtual del sufrimiento real. Corremos el riesgo de insensibilizarnos, de que ya no nos diga nada el sufrimiento de los heridos del camino.


En tercer lugar, el gran valor de la verdad: vivir en la verdad. Es costumbre durante la cuaresma invitar al silencio, la oración, la meditación… ¿Bastará acumular prácticas religiosas y multiplicar los rezos para adentrarse en el verdadero sentido de la cuaresma? ¿No será más urgente ejercitarse en el silencio, la oración, la meditación para captar el verdadero sentido de la vida, para vivir en la verdad? La tradición y la espiritualidad dominicana son de gran ayuda en esta dirección. El lema de la Familia Dominicana es Veritas, la verdad. Pero el ideal de la verdad no es preferentemente un ideal académico. La verdad del ideal dominicano es un valor profundamente humano y evangélico. Consiste en decir la verdad, en no ocultar la realidad, pero sobre todo consiste en vivir en la verdad. Es sinónimo de nobleza y honestidad. ¿Qué mejor ejercicio para aprovechar la cuaresma?


En cuarto lugar, no estaría mal dedicar la cuaresma a cultivar una mirada positiva del mundo y del ser humano. Tanta insistencia en el pecado y en la conversión hizo de muchos cristianos pesimistas empedernidos, incapaces de ver la bondad y la belleza que hay en la humanidad y en la creación. La tradición doctrinal y espiritual de la Orden dominicana puede ayudar a luchar contra esta mirada negativa y pesimista del mundo y de la humanidad. En el relato de la creación cada día termina con el siguiente estribillo: “Y vio Dios que era bueno”. Y Santo Tomás no se cansaba de repetir: “La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona”. Al igual que Jesús, profesa un profundo optimismo antropológico, que se puede formular así: las personas por naturaleza son buenas, porque son creación de Dios, creadas a imagen y semejanza de Dios, con inteligencia y libertad… Esa bondad radical del ser humano no obsta para reconocer que también en las personas actúa el pecado, el egoísmo, las más inhumanas pasiones… Lo dice bien San Pablo: quiero hacer el bien y me sale el mal. Por eso necesitamos redención y liberación. Esta orientación de la cuaresma tendría positivas consecuencias para la vida cristiana. La espiritualidad no queda recluida y secuestrada en el silencio del templo, en los tiempos y lugares sagrados. Afecta y configura el tiempo y los lugares profanos y todas nuestras actividades poniéndolas al servicio del bien, de la verdad y de la belleza. La espiritualidad así entendida irrumpe en la cocina, en toda la casa, en la oficina, en el área del trabajo, en el huerto, en la playa…. Así fue la espiritualidad de Santo Domingo cuando celebraba, cuando brindaba con un vaso de vino con las monjas, cuando predicaba a los cátaros, cuando caminaba con los peregrinos alemanes, cuando se sentaba en la plaza con los estudiantes de Bolonia, cuando favorecía a los campesinos de Segovia….


Y en quinto lugar, ejercitarse en la justicia y en la defensa de la dignidad y los derechos humanos de todas las personas. Lo recordará el profeta Isaías: “Este es el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, partir el pan con el hambriento, recibir en tu casa a los pobres sin hogar, vestir al desnudo, no apartarse del semejante… Si esto sucede, la cuaresma será un “tiempo de gracia”. La Familia Dominicana tiene que insistir a tiempo y a destiempo en la predicación de la gracia, para urgir esas prácticas de justicia y misericordia, para sacar al cristianismo de tanto pesimismo, de tanto voluntarismo, de tanto moralismo…


Santo Domingo, con su compasión, estuvo siempre de parte de las personas más necesitadas. Santo Tomás por su parte y muchos dominicos tras él dieron una importancia singular a la justicia. Este compromiso con la justicia y los derechos humanos ha sido característico de la tradición doctrinal, de la espiritualidad y del apostolado dominicano. El ejemplo más claro de este compromiso con la justicia y los derechos humanos en la vida y la predicación dominicana lo representa el famoso sermón de Montesino, predicado un domingo de adviento del año 1511 en República Dominicana. Toda la comunidad lo preparó durante un año, viendo, orando y considerando el trato injusto e inhumano que se daba a los indios. Lo escribieron y lo firmaron todos de su puño y letra. Y se lo encomendaron a Fray Antón Montesino, que tenía la gracia de la predicación.


La cuaresma es un “tiempo de gracia, tiempo de salvación”.
 

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