XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO: “Ven pasa a la fiesta y siéntate con los que encuentres”

Fr. Manuel Eduardo Alvarado Salinas
Fr. Manuel Eduardo Alvarado Salinas
Real Convento de Predicadores, Valencia
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Jesús parece al fin cansarse de los comentarios de los fariseos. Este que se hace proclamar Mesías está sentado a la mesa con publicanos, prostitutas y pecadores. ¿Cómo es eso posible? Y comienza a darles una lección en parábolas. Lucas, llamado también evangelista de la misericordia, es como un pintor de escenas en colores vivos, pero entre ellos parece dejar espacios sin pintar para que sea el lector quien llene esos espacios con los colores que desee. Es decir, para que forme parte directa de la enseñanza.

La oveja y la moneda perdida son específicamente esos espacios que tú, querido lector, puedes llenar de color: no con un sentido de culpabilidad, sino de gratuidad, porque alguien ha salido en tu busca. Sí, Alguien, con mayúscula, te está buscando y espera que te dejes encontrar. La mal llamada «parábola del hijo pródigo» es quizá, de entre las parábolas de Jesús, la más repetida, comentada, reflexionada, predicada y, me atrevería a decir, de las menos escuchadas. Hablo de una escucha del corazón: no al texto literario narrativo, sino a la voz del padre bueno, cuyo sueño es sentar en la misma mesa al hijo mayor y al hijo menor.

La parábola del padre bueno quiere presentar la forma en que Jesús ve a Dios. Es como un padre que respeta la herencia de su hijo, que lo ve con tristeza partir pero nunca lo olvida. Un padre que corre descontroladamente a su encuentro cuando éste, habiendo tocado fondo entre los males del mundo, vuelve a casa. Este padre no lo avergüenza, no le reprocha su actitud, no lo castiga severamente ni le cierra la puerta. Este padre solo puede seguir lo que dice su corazón. Y es que si hay algo que es difícil de controlar es el amor que viene del corazón. Este sentimiento tan humano es la herencia más hermosa que nos ha legado el padre.

¿Qué estaba sugiriendo Jesús? ¿Es posible un Dios así? El hijo menor al reclamar su herencia está deseando desligarse y enterrar a su padre. Desea eliminar de su vocabulario y de su corazón la palabra «papá»; lo intenta, pero no puede. ¡Cuántos pueblos en guerras, países donde el cristianismo parece ya no tener sentido, donde se quieren ver libres de Dios! Jóvenes que han dejado de creer en que un mundo mejor es posible, a quienes les han truncado sus sueños, esperanzas, ilusiones. Sin embargo, Dios sigue allí, silencioso, esperando.

Cuando el hijo vuelve, el padre se conmueve hasta las entrañas: es de las expresiones más hermosas del vocabulario bíblico. Sin embargo le falta algo, falta el otro hijo. Aquel que siempre le ha sido fiel, quien cumple los mandamientos, el obediente, el perfecto, el que nunca se ha marchado de casa, pero cuyo corazón siempre ha estado lejos de ella. El problema del hijo mayor es que no sabe amar, nadie le ha enseñado y no comprende el amor descontrolado de su padre. Jesús concluye su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿el hijo mayor al fin entró en la fiesta o se quedó fuera?

Independientemente del desenlace, el sueño de Jesús que es querer sentar en la misma mesa a publicanos, pecadores, prostitutas, fariseos, escribas, sumos sacerdotes, a ti y a mí: es un sueño del cual nosotros también somos protagonistas. Es el deseo de Dios para con la humanidad.