Experiencia con el covid-19

Experiencia con el covid-19

Fr. Manuel Eduardo Alvarado Salinas
Fr. Manuel Eduardo Alvarado Salinas
Real Convento de Predicadores, Valencia

Muchas personas, durante el lento proceso de recuperación que estoy teniendo, me han pedido que comparta un poco de lo vivido en relación al contagio, síntomas, agravamiento, tratamiento y curación del COVID-19. He de decir que no es algo fácil de relatar, ya que conlleva muchas emociones y sentimientos que durante estos últimos días han aflorado en mí, pero también puede ser una oportunidad de mostrar a mucha gente que esta es una enfermedad seria, que puede llegar sin previo aviso y causar mucho daño. Es una situación para no bajar la alerta y darnos cuenta de lo frágiles que somos ante la misma finitud de la vida.

Primeramente, he de reconocer que no hay un momento exacto en el que recuerde cómo ni por quién o por qué sucedió el contagio. En España, debido a la tardanza e ineficaz acción del Gobierno, el estado de alarma dio inicio el 14 de marzo, cuando había en todo el país, según datos del mismo Gobierno, un total de 5 753 contagiados y 136 fallecidos. En toda la Comunidad Valenciana, mi lugar de residencia, se contaban 130 casos y 4 fallecidos. Puedo decir que, para esa fecha, el virus ya estaba incubándose dentro de mi organismo, como en el de otros miles de habitantes. Pudo haber sido en la anterior semana de clases, de camino a casa, de visita en alguna parroquia céntrica de Valencia durante el trabajo pastoral o quizá dentro del mismo convento.

Sea como fuere, el día 19 de marzo, para la fiesta de San José, comencé de un momento a otro a sentir un cansancio poco habitual. Por un momento pensé que era el estrés, los primeros efectos del confinamiento, o algo parecido. Al día siguiente apareció la fiebre, que fue aumentando de manera gradual, haciéndome pensar que seguramente iba a resfriarme —esto debido a que ya en casa había algunos casos de resfriado—; sin embargo, nunca apareció un solo estornudo o secreción nasal.

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El día 21 amanecí con la fiebre a 38. Aun así, y reconociendo la imprudencia, bajé a la basílica a la eucaristía diaria, guardando las normas de higiene y distanciamiento social entre los frailes. No sabía que era la última eucaristía en la que participaría de forma presencial hasta este momento.

Después de mucho malestar en la misa, comuniqué al prior y al administrador que iría a urgencias, pues no me sentía bien. Llegué: la fiebre había subido a 39 y el cansancio era mucho mayor que en los dos días anteriores. Con ese cuadro me hacen placa de tórax y detectan que los pulmones están bien. Deciden hacerme la prueba del COVID-19 y me envían a casa como caso sospechoso, bajo aislamiento total y con una dosis de paracetamol cada 6 horas. El resultado positivo de la prueba me lo hacen saber el día 23.

Entre el 23 y el 27 de marzo la situación en casa iba empeorando. El día 24 a la 1.00 de la madrugada una ambulancia me lleva al Hospital General Universitario. Tenía una fuerte sensación de taquicardia con disnea: era solo el comienzo de muchas cosas. Ese día me encontré con una realidad que me ha golpeado muchísimo. Es lo que vemos diariamente en noticias, y hasta cierto punto nos resulta cansado. Estoy entre muchas personas en urgencias, en un hospital colapsado, sanitarios agobiados y enfermeros corriendo de un lado a otro. Pasillos llenos de pacientes en camillas, sillas o en el piso. Eso que los noticieros no se cansan de presentar es muy distinto poderlo palpar de forma directa. 

¿Dónde está Dios en todo esto?

Logré salir por la mañana parcialmente estabilizado, con reajuste de medicamentos y de vuelta a casa. Entre los síntomas leves que se iban presentando en mi estaban la pérdida del olfato y olor, un fuerte sabor metálico en la boca, dolor en las articulaciones corporales, sensación de náuseas, mucha confusión, al punto de olvidar el sitio donde me encontraba; y entre los síntomas más fuertes y preocupantes estaba la fiebre —que seguía entre 38,5 y 39, lo que me provocaba un fuerte dolor de cabeza—, el cansancio y el aire que poco a poco me iba faltando. Nunca había valorado tanto la importancia del aire en mi vida como en ese momento, en que ya no pasa un solo hilo de aire por las fosas nasales y sientes que la garganta se está cerrando.

Ese día 27 llegaba al hospital con un cúmulo de síntomas anteriores y una presión inusual en el pecho. Sentía una sensación de agobio, ansiedad y no podía dar más de cuatro pasos: estaba totalmente agotado, como cuando corres una maratón. En el área de urgencias me tomaron las constantes. Escuchaba que decían que el problema era la saturación de oxígeno, que estaba más bajo de lo normal. No me encontraban la tensión y el ahogamiento era evidente. Recuerdo que comenzaron a colocarme vías en los brazos, a extraer sangre; una enfermera me hablaba muy fuerte, pidiéndome que no me durmiera ni dejase de tratar de respirar: yo poco a poco dejaba de escucharla. Me colocaron una mascarilla de oxígeno, cuyo aire no sentía, y allí pensé en mi madre: la recordé en sus últimas horas de vida, con un cuadro de ahogamiento idéntico al mío; solo quería desplomarme y no saber nada más. Era la hora de confiar, saberme frágil, y como me había dicho días antes mi fraile formador: dejarme cuidar y querer. No recuerdo muchas cosas de lo que sucedió el resto del día. Eso me lo explicaron los médicos a los dos días, después de despertar de un sueño muy profundo y con dolor en la garganta.

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Nunca había valorado tanto en mi vida el oxígeno hasta ese momento, cuando logras tomar conciencia de que un respirador artificial te ha ayudado a aferrarte a la vida, en que no queda otra que confiar, no solo en que un tubo en la garganta pueda salvarte, sino en tener la certeza de que Dios está allí. Fue allí donde pude contestar la pregunta que me hice en el Hospital General anteriormente. Dios estaba allí, seguía estando allí y continúa presente en esos sitios de muerte, angustia y desesperanza. Puede parecer que ha vencido el virus, pero en realidad vence la vida, física o resucitada en Cristo. Eso es lo que da la certeza y esperanza para convertir un lugar de muerte en un lugar de vida. Abandonarse y confiar en Dios, en los médicos, en el personal sanitario, en tus oraciones.

Entré al hospital con un cuadro de neumonía, que a tiempo fue descubierta y tratada. No sé cuántos frascos de cloroquina, azitromicina, paracetamol y suero me colocaron, pero desde el ingreso al hospital fue una batalla de todos contra el virus. Gente que me rodeaba, con riesgo de infectarse al tener mayor contacto conmigo, pero eran ellos mis respiradores en ese momento, quienes me transmitían oxígeno y vida, con sus cuidados, atenciones, cercanía, y sobre todo sus ánimos.

No pude ver a ningún fraile durante los 14 días que estuve en el hospital, sabía que estaban allí, pendientes, preocupados, mandando sus audios y detalles de ánimo. Eran mis hermanos y los echaba de menos, aunque cuando comencé a hacerles bromas supieron que la cosa iba mejorando, y es que me conocen muy bien. Tampoco pude comunicarme desde el inicio con mi familia, sabía que ellos se pondrían nerviosos y se sentirían impotentes. Están en El Salvador, a miles de kilómetros.

Nunca había valorado tanto la importancia del aire en mi vida como en ese momento

Y allí, desde la soledad habitada de la habitación sentí que volvía a nacer, que algo nuevo estaba sucediendo de todo esto. Había que recomenzar a ver la vida desde otra perspectiva, a valorar la vocación en una nueva dinámica. Estoy seguro hasta el día de hoy, que la mano de la Virgen me ayudó a salir del hospital y con un resultado negativo en la segunda prueba del coronavirus. Gracias a ella ese médico entró sin ninguna protección a mi habitación, seguido de un grupo de sanitarios aplaudiendo y dando muchísimo ánimo. ¡Lo habíamos logrado juntos!

Hoy, quince días después del alta, aún llevo la recuperación, que es algo lenta, con la certeza de que el virus ya no está, y dispuesto a ayudar a muchas personas con mi sangre, testimonio, mensajes de ánimo y esperanza, ayuda solidaria y sobre todo con mi oración. Sé que muchos a lo mejor no experimenten la destrucción de un virus físico, pero sí la destrucción del hambre quienes viven con lo que ganan al día, el despido de sus trabajos, las injusticias de los gobiernos racistas y xenófobos, crisis económicas o la pérdida de un ser querido. Yo no te pido que te quedes en casa: eso lo pediría si tuviera la certeza de que cada ser humano tuviese un sitio que lo cobijase, pero muchos no lo tienen. Sin embargo, esto es algo que nos hará renacer, y nos enseñará que otro mundo es posible.

Aprenderemos a valorar la vida, el oxígeno, llegarán respiradores artificiales que no van a permitir que nos ahoguemos y, sobre todo, sabremos que sigue estando allí. Sí, Él seguirá estando allí.

Gracias por tu plegaria. Te abrazo a la distancia.