Historias que impresionan

Historias que impresionan

Fr. Jesús Nguema Ndong Bindang
Fr. Jesús Nguema Ndong Bindang
Convento de san Pablo y san Gregorio, Valladolid

Ocho siglos nos separan de santo Domingo, sin embargo, su figura no ha perdido actualidad; su personalidad, su humildad, su sensibilidad, su pasión por el estudio y la verdad y su celo por la salvación de los hombres, etc. siguen sorprendiendo, conmoviendo y maravillando a hombres y mujeres de todos los tiempos. Conocer mejor a santo Domingo nos hace amarlo más como lo amaron tantos dominicos y dominicas de su tiempo.

Es verdad que una forma de conocer a un personaje es recurriendo a su vida y a sus escritos. Pues bien, aunque de los escritos de santo Domingo solo se conserva una carta a las monjas dominicas de Madrid, escrita hacia 1120, y también la primera legislación dominicana en la que él intervino, el recuerdo y los testimonios de sus contemporáneos, nos trazan su perfil biográfico-espiritual. He aquí algunos recuerdos y testimonios de los que conocieron y convivieron con Domingo de Guzmán:

Fray Juan de Navarra, invitado en el proceso de canonización de nuestro santo padre, testificó que Domingo se compadecía de sus prójimos y ardentísimamente deseaba su salvación.

El beato Jordán de Sajonia, quien fue el sucesor de Domingo en el gobierno de la Orden, en su libro Libellus, redactado hacia 1233-34, cuenta que, siendo Domingo estudiante en Palencia, una gran hambruna asoló casi toda España. Él, conmovido a causa de ello por la necesidad de los pobres, resolvió vender sus libros -que eran un bien muy preciado en aquella época- y el dinero de la venta, lo repartió entre los pobres.

En otra parte del libro, comenta Jordán que la ecuanimidad de santo Domingo era inalterable, a no ser cuando se turbaba por la compasión y misericordia hacia el prójimo.     

Sor Cecilia, una de las primeras monjas de la Orden, y que conoció personalmente a santo Domingo, también da un testimonio parecido. Dice que nuestro santo siempre estaba con semblante alborozado y risueño, a no ser cuando se encontraba afectado por la compasión de alguna pena del prójimo.   

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Otro testimonio, y quizá el mejor retrato espiritual de santo Domingo, nos lo da el mismo Beato Jordán de Sajonia cuando de él dice: todos los hombres cabían en la inmensa caridad de su corazón, y, amándolos a todos, de todos era amado. Consideraba ser un deber suyo alegrarse con los se alegran y llorar con los que lloran, y, llevado de su piedad, se dedicaba al cuidado de los pobres y desgraciados.  

Cuando nos acercamos a las distintas biografías de Domingo de Guzmán, descubrimos en él un gran predicador infatigable del evangelio, un hombre atento y valiente que no se resignó ante los estragos causados por las herejías cátaras o albigenses en el sur de Francia, sino que, siendo obediente a Dios y fiel a sus hermanos cristianos del medievo francés, replanteó su vocación, discernió la voluntad de Dios y se movilizó recorriendo toda la región, predicando, rezando, debatiendo, argumentado y provocando encuentros y la conversión de aquellas almas que habían sido embaucadas por las herejías y habían abandonado la fe católica.

Los biógrafos de santo Domingo cuentan que, en el momento de su muerte, prometió a sus frailes que, les será más útil y provechoso después de la muerte, de lo que lo había sido en su vida. No cabe duda que en estos 800 años, nuestro santo padre ha cumplido su promesa.

Este año que celebramos el 800 aniversario de su muerte, es una gran oportunidad y un momento propicio para recordar y dar a conocer la vida e historia de nuestro santo padre, y dar gracias a Dios por su contribución en la Iglesia y en el mundo.