Loving can hurt

Loving can hurt

Fr. Néstor Rubén Morales Gutiérrez
Fr. Néstor Rubén Morales Gutiérrez
Convento di Santa María sopra Minerva, Roma

«Loving can hurt» (amar puede herir): así comienza la popular canción Photograph, del conocido cantante inglés Ed Sheeran. Pero además dice algo tan interesante como esto: «Loving can hurt sometimes, but it's the only thing that I know», ‘el amor puede herir algunas veces, pero es la única cosa que conozco’. Al escuchar esta canción, pensé en el antiguo Maestro de la Orden Fr. Timothy Radcliffe, con quien tuve la ocasión de compartir el verano pasado en Oxford. Timothy recién llegaba de haber celebrado el capítulo general de los dominicos, y en un diálogo ameno me expresó: «He recordado a los capitulares lo que solía decir un dominico inglés, Fr. Herbert McCabe: «Si amas, te herirán; puede que incluso te maten. Pero si no amas, ya estás muerto”».

A propósito de recordar estas palabras, me he preguntado si es el amor compatible con la herida. O dicho de otro modo: ¿Es el amor compatible con el sufrimiento y el dolor? Muchas veces solemos asociar al amor solo con el placer y con la felicidad, y eso está bien, pero queda incompleto. Debemos recordar que placer y felicidad son, a lo sumo, consecuencias del amor, no el amor en sí.

La propia experiencia de la vida y la vulnerabilidad de nuestra existencia siempre pone a prueba nuestra capacidad de amar: la pérdida de las personas que queremos, nuestra fidelidad a un determinado compromiso, la traición de los amigos o nuestra capacidad de perdonar manifiestan la parte dolorosa del amor; esa parte que, a pesar de los pesares, nos hace tomar consciencia de lo mucho o poco que estamos amando. «Porque has amado, te sientes afectado y herido».

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Amar mucho y amar bien solo lo sabe hacer Dios, porque Dios es amor y Dios —como diría el padre Gelabert en sus clases de Teología Fundamental— siempre ama más y ama primero. Dios, que es amor, se entregó por nosotros en la cruz. Por eso, para los cristianos la cruz es símbolo de sufrimiento y redención, precisamente porque Dios en la cruz, en su acto de amor por la humanidad, se ha entregado por nosotros. Decía la madre Teresa de Calcuta que hay que amar hasta que duela.

«Todos buscamos amar y ser amados»: nos lo recuerda Erich Fromm. Por tanto, es un hecho que el hombre no puede vivir sin amor. Nuestra existencia no tiene sentido sin amor. No tiene, desde luego, un sentido último y definitivo. Porque sin amor la vida termina en el abismo. El amor da sentido a la vida y es el sentido de la vida. Toda nuestra vida vale en proporción al amor que encontramos o damos en ella. «Ama y haz lo que quieras», diría san Agustín.

Fr. Herbert McCabe: «Si amas, te herirán; puede que incluso te maten. Pero si no amas, ya estás muerto”».

¿Amar duele? Sí. ¿Merece la pena amar? Sí, porque los humanos no buscamos otra cosa en la vida que no sea encontrarnos con el amor o dejar que él nos encuentre. El problema es que no estamos educados para el dolor ni el sufrimiento. Queremos combatirlo a todas y en el intento fracasamos. También el sufrimiento y el dolor son una buena escuela en la que aprendemos otro modo del amor, otra manera noble y magnánima de crecer en humanidad y de ensanchar el corazón. Alguien me dijo una vez «que nuestro paso por el mundo duraba lo que durase el tiempo que aprendiéramos a amar. Y que el día que hayamos aprendido a amar, ese día estábamos listos para dejar este mundo».