RELEYENDO LA PANDEMIA EN CLAVE DOMINICANA

RELEYENDO LA PANDEMIA EN CLAVE DOMINICANA

Fr. Manuel Eduardo Alvarado Salinas
Fr. Manuel Eduardo Alvarado Salinas
Real Convento de Predicadores, Valencia

Hace aproximadamente 800 años, en un contexto muy diferente al actual, el joven Domingo de Guzmán, allá por Palencia (España), vendía lo que para ese entonces tenía físicamente en gran preciado valor: sus libros. Tener libros era un lujo en aquella época y Domingo, iluminado por el intelecto que viene de Dios, había aprendido a usarlos para gran fruto espiritual. Sin embargo, resultado de este conocimiento divino y de la mano de la compasión, un valor altamente cristiano aprendido de su madre, reconoce que el dar de comer a los pobres era también una tarea que sobrepasaba el entendimiento humano: «¿Cómo puedo estudiar en pieles muertas, mientras hay gente que muere de hambre?».

Un siglo más tarde, Vicente Ferrer, lleno de celo por la salvación de las almas, predicaba por gran parte de Europa. Allí se encontró con la dura realidad de la pandemia de ese entones. Obró muchísimos milagros en Valencia y otros lugares. La peste negra estaba haciendo estragos, aparecieron rebrotes en diferentes poblados, y Vicente, tanto en vida como después de muerto, seguía ayudando a quienes le invocaban. Movido desde la compasión por el otro, se hace prójimo no solo de palabra, sino también de obra.

Dos siglos más tarde, apareció otro hijo de Domingo de Guzmán, esta vez en Perú. Con su sencillo hábito de fraile cooperador, Martín de Porres fue un hombre que se hizo caridad movido por la compasión. Convirtió la portería del convento del Santísimo Rosario de Lima en un sitio donde se daban cita los mendigos, pobres y los más afectados por la pandemia de la desigualdad económica e injusticia social.

Tres siglos más tarde, una mujer valiente, laica dominica, atiende a los caídos en la guerra civil española. Práxedes Fernández no solo fue mujer de fe y de Iglesia, sino que con un espíritu compasivo supo atender a quienes más sufrían en la pandemia de la muerte provocada por las armas.

buen samaritano escultura

Casi un siglo después, un joven fraile pierde la vida luchando en una Unidad de Cuidados Intensivos en Madrid. Francisco Pujante, a sus 48 años, era párroco de Nuestra Señora de Atocha en dicha ciudad. Dicen que el coronavirus no conoce fronteras, religión, género, condición social, etc., pero yo me atrevo a decir que la compasión tampoco conoce diferencias. Francisco murió ejerciendo su ministerio de predicador, y con su enfermedad también continuaba predicando desde el silencio y el testimonio de su fe. La pandemia del coronavirus le ha pasado factura y ahora ya está con el Padre de los Predicadores.

La compasión es sin duda el hilo que teje la base fundamental del carisma dominicano, y solamente desde ella podemos llegar a ser capaces de identificarnos con Cristo, que supo compadecerse desde las entrañas, poniéndose en lugar del ser humano que sufre y ayudándolo a seguir caminando.