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Propósitos del año nuevo: ¿tienen sentido?

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Los propósitos y sueños nunca deben dejarse sepultar por lo pasajero, puesto que el deseo de ser felices, que constantemente nos mueve, está íntimamente vinculado a las entrañas de aquel que es la absoluta felicidad.

«Saludaré este día con amor en mi corazón. Porque este es el secreto más grande del éxito en todas las empresas» (Og Madino)

Empieza un nuevo año civil. La fiesta, el consumo y las vacaciones nos lo han anunciado. Los disfraces, las uvas y la pólvora son manifestaciones de alegría y optimismo ante el nuevo ciclo que comienza. ¡Cuánta necesidad tiene la humanidad de estos espacios llenos de esperanza! Y junto con la fiesta vienen los buenos propósitos del año nuevo. Desde los más superficiales hasta los más profundos. En enero los gimnasios empiezan a recibir nuevos clientes, las academias de lengua y de arte nuevos estudiantes y, así, el mundo se llena de un variado mosaico de metas y convicciones. Pero la algarabía de la fiesta pronto termina para dar lugar a la rutina. Y este es el punto crítico de muchos buenos propósitos, que no tardan en diluirse en la monotonía que se reinicia en los primeros días del año.

La vida del ser humano es una constante búsqueda. Algunos los filósofos antiguos concluyeron que la vida es un permanente movimiento hacia la felicidad. San Agustín, inspirado en ese pensamiento, señaló que toda acción del ser humano, independientemente de su valor moral, es movida por el deseo de ser feliz. El problema es que esta búsqueda no siempre se encauza por el verdadero camino, y la libertad desordenada, en lugar de llevarnos a esa eterna felicidad, termina llevando al ser humano a la desgracia. Entonces podría señalarse que los propósitos del año nuevo son parte de esa búsqueda de la felicidad. Por eso han llegado a constituirse en un rito que se repite cada 365 días. Pero ¿son realmente un instrumento que satisfaga esa búsqueda o nos asemejan al penoso Sísifo, que nunca termina de subir la piedra?

En la obra de Antoine de Saint-Exupéry, el Principito pregunta al Zorro qué es un rito. El raposo responde que «es algo demasiado olvidado. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a la otra». El desarrollo de la historia ha llevado a que la humanidad se desvincule cada vez más de la tierra y su entorno natural. El desconocimiento de los ciclos naturales de constante muerte y regeneración ha llevado a que los ritos, vinculados a esta dinámica, pierdan sentido para una humanidad sumergida en la tecnociencia y cada vez más insatisfecha por el consumo. Pero, curiosamente, algunas efemérides como la Navidad y el año nuevo, aunque desnudadas de su raíz religiosa, continúan siendo importantes para gran parte de la humanidad. Quizás sea una nostalgia inconsciente o una forma de canalizar la necesidad de seguir esperando algo mejor.

Los propósitos que acompañan al inicio del nuevo año son un tesoro de mucho valor, pues cumplen la importante misión de oxigenar el corazón humano, que fácilmente se pierde en la rutina y el sobreestimulado deseo de consumo. Pero, así como los caudalosos ríos acaban por difuminarse en el océano, los buenos propósitos pueden diluirse con el fin de la fiesta o ser un rito que podría asemejarnos al mítico Sísifo y su eterna misión de subir la piedra a la montaña. Aunque motivados por la utopía de la felicidad plena, los buenos propósitos deben partir de las condiciones reales que rodean a la persona. En este aspecto, el Evangelio es una orientación segura. Los magos de oriente salieron de su tierra buscando algo (cf. Mt 2,1-12). Se guiaron por signos, cumplieron un rito y encontraron a «alguien». Terminaron «regresando a su país por otro camino» (Mt 2,12). El cristianismo no propone la idea de un eterno retorno o de una utópica búsqueda que solo motiva, pero no se alcanza. La propuesta del Evangelio es el encuentro con «alguien» que, inevitablemente, nos llevará por otro camino. Vistos así, los propósitos del año nuevo adquieren un nuevo sentido.

El año nuevo ya ha empezado. El bullicio de la fiesta ya termina y la rutina se abre paso. Pero los buenos propósitos no deberían difuminarse. Jesús de Nazaret es un eterno soñador, pues aunque la sociedad de su tiempo tenía muchas razones para la desesperanza, él nunca dejó de estar convencido y predicar que el Reino de Dios ya está presente. Solo hace falta abrir bien los ojos y darse cuenta. Las metas de este año que comienza deben ser el mapa que guíe hacia algo mejor. Las alegrías, los fracasos, las victorias y las derrotas son el relieve que se encuentra por el camino. Pero los propósitos y sueños nunca deben dejarse sepultar por lo pasajero, puesto que el deseo de ser felices, que constantemente nos mueve, está íntimamente vinculado a las entrañas de aquel que es la absoluta felicidad.

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