Tercera estación del Vía Crucis - Jesús cae por primera vez
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. (Heb 4, 15)
Dudar hoy sobre la existencia de Jesús conllevaría a una discusión bizantina. En este orden, la cuaresma constituye para nosotros un tiempo de gracia y de preparación para celebrar y actualizar la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. En el viacrucis recordamos el camino de un hombre, aquello que aconteció en la historia. La Escritura subraya que Jesús ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado (Cf. Heb 4,15).
La tercera estación del santo viacrucis, Jesús cae por primera vez, es una mina de reflexión sobre la caída, la cruz y la solidaridad de Jesús con la humanidad. Esta estación señala uno de los diferentes estadios de la solidaridad de Jesús con nosotros: la caída, consecuencia de la fragilidad y debilidad humanas. Jesús, con sus caídas a causa del peso de la cruz, nos demuestra que es verdadero como nosotros.

Nuestra mirada tierna a Jesús, desde esta estación, nos recuerda que Jesús es un hombre. Y que seguirle supone correr la misma suerte que él. El maestro se identifica con nosotros en nuestra debilidad y fragilidad. Esta humanidad debería servir de acicate en nuestros desaciertos, caídas, faltas, fracasos, etc. Quien sigue a Jesús, desde luego, debe llevar su cruz cada día. Pero este camino no está exento de caídas. Las caídas tienen una pedagogía: aunque decidamos seguir a Cristo somos humanos, frágiles y débiles. No obstante, en Jesús sabemos que la caída forma parte del camino. Las caídas son una escuela de humildad, porque aprendemos a pedir ayuda, a depender de Dios, a darnos cuenta no existe fidelidad sin la gracia de Dios.
En suma, para todos los que buscan a Dios, la primera caída de Jesús, camino del calvario, nos recuerda que nosotros somos capaces de Dios, pero somos frágiles. Jesús no solo cae una sola vez, sino hasta tres veces. Entonces, los que hemos decidido buscar, entregarnos y seguir a Jesús estamos propensos a no solo una, sino a más caídas. Nuestros fracasos, errores, tropiezos son un lugar de aprendizaje, porque el primero que cayó, siempre nos tenderá la mano, no solo en nuestras primeras caídas, sino siempre que nos abramos a su gracia. La caída enriquece el camino, no lo determina; es transitorio, no definitivo.

