SEXTA ESTACIÓN DEL VÍA CRUCIS - LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS

SEXTA ESTACIÓN DEL VÍA CRUCIS - LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS

Fr. Alejandro Pérez Castellanos
Fr. Alejandro Pérez Castellanos
Real Convento de Predicadores Valencia

Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. (Is 53, 2b-3)

Mirar el rostro del otro es entrar en el ámbito de su intimidad personal. (Pedro Laín Entralgo, Teoría y realidad del otro)

Para contemplar esta estación del Via Crucis, donde la Verónica resplandece como un rayo de compasión en medio de la violencia y vilipendio del camino de Jesús al Calvario, hay que acudir al reverso íntimo de las palabras. Esta estación no aparece en los Evangelios, sino que es la tradición la que ha conservado este gesto de misericordia, este tener el corazón compasivo con la miseria, realizado por una mujer ante el rostro desfigurado, sin atractivo alguno (cf. Is 53, 2-3).

Se puede decir que este nombre de ‘la Verónica’ nació de lo que se vió y realizó: “ la mujer que, desafiando a los soldados, se acerca a Jesús y le enjuga el rostro. En ese gesto sencillo se revela la fuerza subversiva de la compasión. Allí donde el poder humilla, la misericordia restituye el rostro.” (Leonardo Boff, Pasión de Cristo, pasión del mundo).

Es ella vera icon, imagen verdadera, porque atisbó contemplar en el humillado, en aquel que posee un rostro desfigurado, a Aquel que se ha hecho cercano en medio del dolor humano. Vera icon porque ante el rostro maltrecho de Jesús su corazón se conturbó y, en esa conmoción, ella misma quedó transfigurada. Esto es reconocer que la dignidad no desaparece cuando la belleza se oscurece.

Mujer Verónica - Ruiz Montes - Cartagena

Nos muestra esta estación la profundidad de ver el rostro de Dios como una realidad que se ilumina en la carne sufriente, pues, un título de honor del hombre es encontrar que en la desgracia siempre hay una brizna de gracia. Nuestros propios rostros pueden ser, como el de la Verónica, fuente de bendición y esperanza cuando sabemos encontrar a Cristo en los últimos, en los excluidos y en los heridos por la vida, en quienes habitan en las periferias existenciales. Se trata de encarnar la misericordia, de dar rostro y dignidad allí donde reinan la indiferencia y el desprecio.

En la convivencia hay dos formas primarias de mirar al otro, y las encontramos reflejadas dramáticamente en esta estación. La primera es la del dominio, la del conflicto, la de la desfiguración de los rostros, la de ‘viva la muerte’ o, que es lo mismo, ‘muera la Vida’. La segunda es la de la acaricia, la cercanía, la del sentido sagrado del rostro humano, la de ‘viva la Vida’.

Esta es la alternativa radical a la que nos coloca la Verónica: homo homini lupus o homo homini agnus. ¿Seremos capaces de discernir el rostro de Cristo en aquellos que cargan cruces invisibles? ¿Seremos ‘iconos de Cristo’ que sequen las lágrimas como la Verónica?

Una cosa quería y otra vino: creí ver a Beatriz y vi a un anciano vestido cual las gentes gloriosas [san Bernardo]. Por su cara y sus ojos difundía una benigna dicha, y su semblante era como el de un padre bondadoso. (Dante Alighieri, La divina comedia)