Décima estación del Vía Crucis - Jesús es despojado de sus vestiduras
«[Los soldados] se repartieron su ropa echándola a suertes.» (Mt 27,35b).
Cuando nos encontramos con esta estación del Vía Crucis, nuestra mente tiende a dirigirse inmediatamente al vívido imaginario de la crucifixión. El Señor está a punto de sufrir la muerte más escandalosa que conoce el pueblo romano, una muerte que incluso La Ley misma considera maldita (Dt 21,23).
Es fácil situarnos dentro del dramatismo de la situación. La humanidad del Señor aquí está totalmente expuesta. Es el colmo del abajamiento de Dios hasta la miseria de nuestra existencia. El Hijo de Dios, inocente de toda culpa, despojado de su túnica, a punto de morir, luego de un camino en el que ha sufrido vejaciones y rechazo. Los evangelistas ya nos han contado incluso que el pueblo prefirió indutar a otro antes que a Él (Mt 27,16). No podemos hacer más que conmovernos profundamente ante lo que va a suceder.
Y sin embargo, nosotros jugamos a ventaja contra los que están en aquella fatídica escena. Jesús lo sabe. Por eso dirá a su Padre «perdónalos» (Lc 23,24). Está consciente de que ellos no se dan cuenta de que es el Hijo de Dios. En cambio, nosotros, los creyentes, sí lo sabemos, pero estamos del otro lado. Nosotros vemos la realidad desde la luz de la Pascua. Tendríamos situarnos en aquél momento, y cuestionarnos, ¿cuántas veces hemos estado ahí, en el colmo de nuestra obstinación frente a una realidad que no somos capaces de reconocer?

Pero hay otra cosa que los que están en escena tampoco saben, y que nosotros sí sabemos. Jesús ha entregado su vida libremente. Ya lo dice E. Schillebeeckx: «los datos reales demuestran que Jesus no hizo nada por evitar una muerte violenta». Él subió conscientemente a Jerusalén, confiado en la voluntad del Padre. Todo el testimonio de Jesús es el anuncio la llegada del Reino que él vive. Esta verdad nos permite ver el despojo desde otra perspectiva. En el momento cumbre de su entrega, Jesús se queda con lo verdaderamente humano, se aleja así de la mirada de Adán y Eva, que se habían dado cuenta de su desnudez y se habían ceñido un vestido de hojas de higuera (cf. 3,7). En su decisión, está su soberanía. En su Comentario al Evangelio de Mateo, San Hilario considera que la túnica echada a suertes y no desgarrada indicaba la incorruptibilidad de su cuerpo (Hilario de Poitiers, In Matthaeum, 33, 4). Esta mirada parte de la propia esperanza que trae Cristo, que en su propio mensaje, mantiene abierto el futuro, dejando a Dios la última palabra. (cf. E. Schillebeeckx, Jesús. La Historia de un Viviente, Ediciones Cristiandad, Madrid 1981, 280-283).

