La Esperanza que Brota en Adviento
«Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago»
Hay quién pudiera creer que puede ser mal gusto hablar de «Esperanza» en un tiempo cómo el que nos ha tocado vivir; todo a nuestro alrededor se encarga de demostrarnos lo contrario: el ser humano es cada vez más capaz de aniquilar la vida de pueblos enteros, de borrar naciones sobre la faz de la Tierra con total impunidad, de esquilmar, explotar y destruir los recursos del mundo en el que vivimos, de enzarzarse en conflictos bélicos eternos y tediosos que sólo responden a los intereses de los poderosos. Y en medio del oscurecimiento de nuestra humanidad, cuando la supervivencia de nuestra especie pareciera ser más frágil que nunca, amenazada por su mayor depredador que no es otro que el ser humano mismo, se oye una voz de promesa «Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago» (Is 11,1).

Una vida que se abre paso en medio de la precariedad y de la debilidad, como brote, como vástago… pero que sigue tozudamente resistiéndose a morir, brotando aún en medio de las circunstancias más adversas. Un Espíritu, el de Dios, que preñado de vida se va metiendo por las rendijas que encuentra, incluso entre los renglones torcidos con que los humanos escribimos nuestra historia, para mantener encendida la débil llama de la esperanza de un Dios que no olvida, que es esencialmente amor, y que espera continuamente nuestro regreso.
El Adviento nos devuelve al camino, como el pueblo de Dios peregrino, tras una esperanza que nos guía, alimenta y sostiene: la del Enmanuel, el Dios con nosotros. El recién nacido se ofrece a la vez como signo de vulnerabilidad y de salvación, de la acción del Todopoderoso en nuestro desvalimiento radical. Que la esperanza que brota como un vástago luminoso en una fría noche en Belén, encienda hoy nuestros corazones en medio de la tentación del derrotismo, la tristeza y el desaliento. Que en este tiempo podamos renovar al calor de las promesas del Dios fiel nuestra esperanza en un mundo nuevo, en un ser humano nuevo, a imagen del Dios que tiene rostro de un “niño pobre palestino”.

