Los dominicos y el Via Crucis

Los dominicos y el Via Crucis

Fr. Ángel García Martínez
Fr. Ángel García Martínez
Real Convento de Predicadores, Valencia
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El beato Álvaro de Córdoba introdujo el Via Crucis en Europa a principios del siglo XV.

De nuevo es Cuaresma. Nos vuelven a resonar palabras como desierto, oración, ayuno, limosna, abstinencia… y, cómo no, Via Crucis. El camino de la cruz constituye -sin lugar a dudas- la más popular de las prácticas devocionales que nos ayudan a transitar con fruto los cuarenta días hasta la Pascua. Pero, ¿te has parado a pensar alguna vez cómo nos ha llegado? ¿Sabías que el responsable de esto fue, precisamente, un dominico?

Via Crucis Agrupación

Durante siglos, la comunidad cristiana de Jerusalén había conservado con gran veneración el camino que anduvo Jesús desde el Pretorio hasta el Gólgota. Peregrinos llegados de toda la cristiandad lo recorrían orando, entre ellos fray Álvaro de Córdoba. Nacido en Zamora a mediados del siglo XIV, era catedrático de teología en Valladolid, Maestro en Sagrada Teología e, incluso, confesor del rey Juan II de Castilla. Pero, dejando atrás los honores que -merecidamente- había obtenido, marchó a Tierra Santa en torno al 1418, para embarcarse después en la urgente reforma de la Orden de Predicadores en España.

Estación de Vía Crucis

Así, retornado al reino de Castilla, funda a las afueras de Córdoba, en las faldas de Sierra Morena, el Convento de Santo Domingo de Escalaceli (ca. 1423). Fray Álvaro, que allí crea una comunidad dedicada con espíritu renovado a la oración, el estudio y el ministerio de la predicación, guardaba en su corazón un profundo impacto de su peregrinación a la tierra por que anduvo el Señor. Y es por ello que erigió en el entorno del convento (cuya orografía y paisaje, dicho sea de paso, ayudan a la evocación de los episodios pasionarios) una serie de estaciones a imitación de las que había conocido en Jerusalén, y que se constituyen como el primer Via Crucis de España y de Europa.

De este modo, el beato Álvaro llevó más allá de los muros de Jerusalén los pasos de Jesucristo en su Pasión, creando un precedente para la espiritualidad católica que, de seguro, jamás sospecharía. Gracias al este hermano gozamos de una oración en la que, recorriendo catorce estaciones, nos afianzamos en la imitación de Cristo y su seguimiento. Quizá este sea un ejemplo del mejor testamento que un dominico pueda dejar. Porque el predicador no es tanto quien transmite contenidos sobre Cristo, sino, sobre todo, quien permite unirse más a Él.