Los Reyes Magos como ejemplo de la verdadera sabiduría
«En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño» (Lc 2,8)
Los evangelistas nos cuentan que los primeros que llegaron para adorar al Niño fueron los pastores y los magos. Ni el rey ni sus sumos sacerdotes, herederos de las promesas e instruidos sobre las Escrituras, quisieron emprender el viaje para Belén; los primeros
fueron los pastores, unos israelitas probablemente piadosos pero muy sencillos, y luego los magos, unos hombres sabios y sin embargo de origen pagano. Ambos grupos recibieron un signo prodigioso, los primeros el anuncio de los ángeles y los segundos la estrella, pero al final estos signos apuntaban a algo muy simple y ordinario: reconocer al Señor de la historia en aquel Niño recién nacido, necesitaba el don de la fe que sólo Dios puede otorgar.
«Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén…» (Mt 2,1)
Por eso, los magos son también para nosotros ejemplo de la verdadera sabiduría, de aquel don del Espíritu Santo que los cristianos reciben para ver y juzgar las cosas según la mirada de Dios. Instruidos en la ciencia de los astros, los magos siguieron aquella estrella prodigiosa basándose también en sus propios conocimientos; pero no pusieron toda su confianza en su ciencia, sino que mantuvieron sus corazones libres del orgullo y abiertos a las maravillas de Dios.

Llegados a la casa, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2,11)». Viendo a un niño recién nacido que jugaba en el regazo de su joven madre, supieron reconocer al Trono de la Sabiduría, la única sede digna de llevar a un Rey tan grande; y allí sentada, reconocieron a la misma Sabiduría divina que ordenó las estrellas y todas las cosas. Esta capacidad de reconocer al Señor no se adquiere ni mirando a los cielos ni leyendo muchos libros; es un don que tenemos que pedir con insistencia, un don que sólo el Espíritu puede otorgar a los fieles. Aprovechemos por eso del ejemplo de los magos y pidiendo la intercesión de María, Sedes Sapientiae, maestra del meditar en el corazón las obras maravillosas del Señor.

