Octava estación del Vía Crucis - Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Octava estación del Vía Crucis - Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Fr. José Antonio Obiang Ekuaga Okomo
Fr. José Antonio Obiang Ekuaga Okomo
Real Convento de Predicadores Valencia

«Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos.» (Lc 23,28)

En esta octava estación del Vía Crucis, vemos a Jesús caminando hacia el monte Calvario, cargando con la cruz, cansado, herido y maltratado. En su camino, unas mujeres de Jerusalén salen a su encuentro y lloran al verlo sufrir. Sus lágrimas nacen de un corazón que sufre, porque perciben dolor, injusticia y tristeza. Lloran porque aman. Y Jesús, aun en medio de su propio dolor, se detiene para consolarlas.


Jesús no rechaza sus lágrimas, pero les dice algo que les sorprende y les da paz: «hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos» (Lc 23, 27-28). Con estas palabras, Jesús no busca consuelo para sí mismo, sino abrirles los ojos, es decir, el mal, la violencia y la injusticia afectan a muchos, especialmente a los más pequeños y vulnerables.


Podemos imaginar este diálogo desde el corazón: las mujeres preguntan en silencio, Señor, ¿Por qué tanto sufrimiento? Y Jesús responde con calma: no teman, miren más allá. Cambien el corazón, vuelvan a Dios, cuiden a sus hijos, siembren amor y no odio. Incluso cargando con la cruz, Jesús sigue enseñando, amando y pensando en los demás antes que en Él mismo.


Esta estación nos invita a mirar nuestro propio corazón. A veces lloramos por lo que vemos fuera, pero Jesús nos llama a mirar dentro, ¿Qué sembramos en nuestra familia y comunidad? ¿Amor o dureza? ¿Paz o discusiones? ¿Esperanza o miedo? ¿Lloramos por empatía o solo para aparentar? Cada decisión que tomamos impacta la vida de otros.


Jesús nos enseña algo fundamental: aun cuando sufrimos, podemos consolar a otros. Herido y cansado, sigue dando palabra de vida. Y a eso nos invita, a no cerrar el corazón, a acompañar, escuchar y ayudar.


Señor Jesús, enséñanos a mirar con verdad, a llorar con sentido, a cuidar a los nuestros y a actuar con bondad. Que cada paso que demos hoy pueda sembrar amor, esperanza y vida, porque incluso en el dolor más grande, tú nos muestras que siempre podemos elegir hacer el bien.