¡Resucitó! - Decimoquinta estación del Vía Crucis
Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. (Sal 118, 24)
Me lo contaste el domingo al despertarme. Tu rostro era radiante de alegría y de luz… Al principio no entendía lo que me contabas… decías: «¡Resucitó!» Y yo seguía sin entender porque estaba entredormido…
Me hablaste de tu esperanza: «Yo creí y esperé… por el Amor que Él me tiene y que le tengo».
«Yo intuía –me decías– pero no sabía cómo iba a ser… La espera en mi vientre fue larga, pero Él iba creciendo dentro y me daba confianza…
Esta espera, aunque corta… fue eterna. Yo iba repasando sus frases en la cruz, los salmos que recitó y los repetía en mi corazón,… los sé de memoria: ¡yo misma se los enseñé! Esos salmos me daban la pista de que Él sabía que la muerte no era el final… esperaba confiando en que Dios le libraría…
Y Dios no le libró en ese momento…esperó un poco más... y yo también esperé y creí... y siempre amé… Dios siempre tan poderoso en Él, …me estaba pareciendo impotente y dormido… pero esperé y creí... Sabía que no podía morir para siempre esa presencia de Dios que, sin yo saber cómo, había venido a mí… Como hoy, cuando sin saber cómo, vino a mí otra vez…»

– «Y esta madrugada…mientras oraba Él vino de repente y me abrazó… me inundó de luz y me llenó de Sí más hondamente que cuando lo tuve en mi vientre. Me miró con esos ojos de Vida que tiene y su sonrisa ancha y radiante y me dijo: “¡Alégrate Madre!… ¡estoy vivo para siempre!… ya nada podrá detener la obra de Dios…”
Y me abrazó y me alzó y jugó conmigo y me elevó y bailamos por el aire y era como estrenar de nuevo el universo …
Mi cuerpo se llenó de tanta luz que iba a estallar de luminosidad y me dijo…no, todavía no, tienes una misión que realizar con ellos,…pero pronto estarás conmigo así, como yo, toda Vida y Luz.
Me miró y comprendí todo…. su encarnación, su gestación, su infancia, su adolescencia, su juventud, su vocación, su misión, su entrega, su muerte y su Resurrección.
Y agradecí tanto a Dios, a Él, pues solo por su gracia pude ser fiel y colaborar con mi pequeñez en su actuar tan poderoso… Y le agradecí que haya venido a mí…
Me contestó que ¡cómo no iba a venir!, que era su deseo alegrarme y alegrarse conmigo… quería agradecerme…¡quería agradecerme!!... A mí, su humilde esclava, quería agradecerme por haberlo ayudado a ser quien debía ser… por haberlo encaminado hacia Su misterio, por haber respetado, aun sin entender, la obra de Dios en Él…
Quedamos unidos como nunca antes… Ahora siento una luz que me dejó que no se me va… y según me dijo no se va a ir hasta que su Luz me llame…»
–Yo me quedé mirándola… y se me caían las lágrimas… ¡Jesús Resucitado! … ¡Jesús resucitado! ….y tanta alegría no cabía en mi corazón…

