El Sentido del Jueves Santo y de la Eucaristía

El Sentido del Jueves Santo y de la Eucaristía

Fr. Florent Oke
Fr. Florent Oke
Real Convento de Predicadores Valencia

El inicio del Triduo Pascual constituye, en el contexto actual (del año 2026), un acontecimiento litúrgico de profunda densidad teológico-espiritual. Resulta significativo que, más de dos milenios después de los acontecimientos que actualizamos en cada Eucaristía, los lugares vinculados a la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo continúen marcados por la violencia, la inestabilidad política e incluso, en ocasiones, por la restricción del culto. Esta paradoja —celebrar el misterio de la paz en territorios heridos por la guerra— se convierte, sin embargo, en fuente teologal: un espacio donde la fe, la esperanza y la caridad se revelan como realidades performativas capaces de iluminar la vulnerabilidad de la condición humana.

«Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 7b-8).

 

 

Lo que la tradición cristiana contempla en la Última Cena no es la ejecución de un transgresor, sino la entrega del Justo que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38). Su inocencia fue sacrificada por la conjunción de la soberbia revestida de legitimidad religiosa y la cobardía política. No obstante, desde la perspectiva cristiana, la entrega de Jesús no puede reducirse a la suma de voluntades humanas hostiles: es, ante todo, la manifestación del amor incondicional de Dios hacia la humanidad.

Este amor se expresa en la kénosis del Hijo, quien se despoja de sí mismo para servir y ofrecer su vida «en rescate por muchos». El himno cristológico de Flp 2,6‑11, que la tradición paulina recoge y transmite, constituye una clave hermenéutica fundamental para comprender la lógica interna del Jueves Santo. Incluso voces ajenas a la fe cristiana, como la del sumo sacerdote Caifás, adquieren en la narración joánica un valor teológico paradójico: «Conviene que muera uno solo por el pueblo» (Jn 11,48‑51). En su intención, Caifás buscaba preservar el orden religioso y político; en el designio salvífico, sus palabras se transforman en una profecía redentora.

Juan de Juanes Última Cena

La teología joánica, con su afirmación programática «Dios es amor», sitúa el acontecimiento pascual fuera de cualquier lógica de violencia, supremacía o interés partidista. Por ello, el Dios cristiano no se ajusta a las expectativas mesiánicas judías, ni a los modelos helenistas de sabiduría, ni a la concepción romana del basileus garante de la Pax Romana. Mientras unos esperaban un mesías conquistador y otros buscaban una racionalidad filosófica, la cruz se presenta como escándalo y necedad (1 Cor 1,18‑24).

En este sentido, un anacronismo controlado permite reconocer que la dinámica sociocultural actual —centrada en “ganar el relato” y en la legitimación mediática de prácticas deshumanizantes— no dista tanto del contexto del siglo I. Frente a ello, la fe cristiana proclama que Cristo es, en todo tiempo, el modelo de poder, sabiduría y amor de Dios.

Marco filosófico‑teológico

Oración GetsemaníLa aproximación al misterio de Getsemaní —espacio de angustia, sufrimiento y muerte asumida— exige articular la relación entre la gracia divina y la experiencia humana en su radical vulnerabilidad. Los Padres de la Iglesia encarnaron de manera ejemplar esta articulación, integrando categorías bíblicas, antropológicas, filosóficas y soteriológicas.

Optar por una lectura teológico-espiritual del acontecimiento cristiano implica asumir presupuestos hermenéuticos que orientan la reflexión. Esta opción, lejos de empobrecer el análisis teológico, lo enriquece y abre a una comprensión más amplia de la existencia humana. La fenomenología francesa contemporánea —representada por autores como Jean‑Luc Marion, Michel Henry, Blaise Pascal o Emmanuel Falque— ha renovado esta perspectiva. Falque, en particular, propone un paralelismo entre el triduo filosófico‑existencial (cuerpo, sufrimiento y nacimiento) y el Triduo Pascual (Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección) (E. Falque, Pasar Getsemaní, Salamanca 2013).

Si la Encarnación ilumina la corporeidad humana y su sentido, Getsemaní profundiza en la finitud y en la experiencia límite del sufrimiento. Desde esta perspectiva, el acontecimiento pascual ofrece una lectura fenomenológica de la existencia que es, simultáneamente, descriptiva, dialogante y fiel a la complejidad de la condición humana.

Asimismo, la celebración del Triduo Pascual se inscribe en una estructura temporal que la tradición cristiana ha configurado con notable coherencia teológica. La Cuaresma, con sus cuarenta días de preparación mediante la oración, el ayuno y la limosna, y el tiempo pascual, con otros cuarenta días orientados a la profundización del misterio de la Resurrección, constituyen un arco simbólico que San Agustín interpreta como expresión de la totalidad de la vida temporal, espacio de prueba y purificación (Sermón De San Agustín).

Este tiempo liminal —ni inicio ni meta— es lugar de gestación silenciosa, donde Dios actúa en lo oculto y abre la historia a un futuro cargado de promesa escatológica. Benedicto XVI sintetiza esta dinámica afirmando que Jesús elige ser recordado no mediante un monumento, sino mediante un gesto y un pan.

Por ello:

  • La Eucaristía es el pan partido como forma de vida. En la Eucaristía, el pan partido constituye la forma sacramental de la existencia de Jesús. Su vida solo se comprende desde la lógica del don: entregada, compartida, hecha alimento. Incluso su nacimiento en Belén —“casa del pan”— anticipa esta orientación fundamental. En la Última Cena, Jesús no solo instituye un sacramento, sino un modo de vivir: el pan partido es su biografía condensada.
  • El lavatorio de los pies es la autoridad que se arrodilla. El gesto del lavatorio desconcierta a Pedro, incapaz de comprender que el Maestro y Señor se arrodille ante sus discípulos. La respuesta de Jesús —«Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13,8)— revela que la verdadera fraternidad nace de la capacidad de servir sin humillar y de dejarse servir sin orgullo.
  • El mandamiento nuevo: la fraternidad como sacramento. El mandamiento del amor —«Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34)— constituye la forma visible de la Eucaristía. Allí donde el amor fraterno se hace presente, la Eucaristía se prolonga; donde falta, queda herida.
  • Getsemaní: vulnerabilidad asumida y redimida. El Jueves Santo culmina en la noche del huerto, donde el Hijo de Dios experimenta la vulnerabilidad humana en su máxima expresión: soledad, miedo, angustia, necesidad de compañía. La tradición teológica ha interpretado este acontecimiento como expresión de la asunción plena de la condición humana. En este sentido, la afirmación atribuida a san Ireneo —«Cristo asumió nuestra debilidad para sanarla desde dentro»— sintetiza la lógica soteriológica de la Encarnación como paideia del admirable intercambio humano-divino.

«¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida! Se celebra el memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección. El alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura.» (Sto Tomas de Aquino).