Undécima estación del Vía Crucis - Jesús es clavado en la Cruz

Undécima estación del Vía Crucis - Jesús es clavado en la Cruz

Fr. Diego Jesús Rodríguez Hernández
Fr. Diego Jesús Rodríguez Hernández
Real Convento de Predicadores, Valencia
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«Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, los crucificaron a él y a los malhechores: uno a la derecha y otro a la izquierda» (Lc 23, 33).

Cristo es clavado en la cruz, y con ella llega la historia de salvación a su punto más álgido, que como si de una dramática historia se tratase, ha venido desarrollándose durante toda su vida.  Dios que busca al ser humano, mientras que este no solo le da la espalda, sino que lo rechaza abiertamente hasta el punto de eliminarle fuera de las murallas de su espacio habitado.


Y sin embargo Cristo desde la cruz sigue anunciando el mensaje más poderoso de cuantos en su vida pública ha predicado: por ti y por mí, por el ser humano concreto, con su nombre y apellidos, Dios no tiene reparos de entregar lo más grande que tiene, a su propio Hijo, este el precio del amor.

Jesus es Clavado en la Cruz
Un amor crucificado que nos invita a mirar a todos los crucificados con Cristo a lo largo de la historia. Son aquellos hombres y mujeres, que como él, siguen hoy en medio del dolor entregando sus vidas por amor, como ofrenda, como regalo. El dolor, la cruz se convierte así en el camino, en la escuela, en el instrumento privilegiado para asemejarnos al Crucificado. Un dolor fecundo, redentor, que solo en y desde la Cruz, Dios es capaz de trasformar en fuente de vida gloriosa.


Miremos también a los que son crucificados fuera de las murallas de nuestra sociedad, a los descartados y marginados del mundo en el que vivimos. Elevemos los ojos para contemplar las cruces de aquellas víctimas de la insolidaridad, la indiferencia y la dureza del corazón de los seres humanos. Descubramos que en cada crucifixión hay culpables y víctimas, y nosotros tenemos parte probablemente en los primeros. La cruz se convierte en un instrumento de tortura, opresión y sufrimiento cuando la utilizamos para el escarnio, para clavar en ella y exponer a la vergüenza publica la debilidad de lo que ya hemos condenado por las más diversas razones.


Solo mirar a Cristo clavado en la Cruz nos devolverá la vida. Como el estandarte elevado de la serpiente que sanó al pueblo hebreo de las mordeduras de las serpientes, la contemplación del sacrificio del Señor nos desintoxicará del veneno de la ingratitud y del desamor.


Al ver su cuerpo herido y maltratado por nosotros, presentemos nuestras heridas y la de nuestros hermanos. Que en la vulnerabilidad del crucificado descubramos el poder de un Dios compasivo y misericordioso, que permanece a nuestro lado.