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¿Qué llena mi corazón?

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Si nos consideramos y nos pensamos cristianos, debemos tener unas actitudes determinadas. Estas actitudes son todas derivadas del lugar donde tenemos el corazón. Relativizar asuntos como el dinero, la comida, el poder, etc. son fruto de la experiencia fontal de la que bebemos.

El Evangelio de hoy parece que nos está haciendo una pregunta, que por otro lado, también es muy recurrente pero muy acertada. La pregunta es: ¿Dónde tenemos el corazón? O con las palabras del Evangelio de hoy ¿Quién es nuestro amo? La respuesta para los que nos consideramos cristianos es fácil: Cristo. Claro, claro ¿Qué iba a responder un cristiano? ¿Es que un cristiano puede tener su corazón en el dinero? ¿O es que un cristiano puede tener su corazón en la ropa, la fama, etc.? ¿O no?

Eso es lo que nos dice Jesús en el Evangelio de hoy. Si nos consideramos y nos pensamos cristianos, debemos tener unas actitudes determinadas. Estas actitudes son todas derivadas del lugar donde tenemos el corazón. Relativizar asuntos como el dinero, la comida, el poder, etc. son fruto de la experiencia fontal de la que bebemos. Cristo debe ser nuestra opción preferencial. Nuestra opción fundamental. Pero esta opción, bebe del interior de nuestro corazón donde está Cristo como el manantial de una fuente, manando ríos de agua viva. De ese manantial manarán, no sólo ríos de agua viva, sino las más variadas actitudes y buenas obras de las que es posible el corazón humano.

Por eso, es fundamental que revisemos los dos puntos importantes de discernimiento en este sentido: ¿Dónde está mi amo? ¿O dónde está mi corazón?, y por otro lado, ¿Cómo son las obras de este corazón? ¿O cómo son las actitudes que se derivan de esta opción preferencial? Y este discernimiento siempre se debe hacer de acuerdo a Jesús. Porque si digo que Jesús es mi amo, pero vivo preocupado por cosas que son relativas al verdadero sentido cristiano de la vida, será que mis actitudes no concuerdan con las de Jesús. O si me precio de relativizar todas las cosas en función del Evangelio, pero no vivo el amor y la misericordia de Dios en mi corazón, será que he caigo en un “cumpli-miento” sin sentido.

También hay que decir una cosa. Que hay multitud de maneras para llegar al principio fontal que es Jesús. Puede ser que abrace el cristianismo porque me gusta la forma en la que los cristianos se comportan. Y por este comportamiento, llegue a la experiencia del Dios del Amor. Que en definitiva, de eso se trata. Entonces todas las maneras de comportarse cobran sentido. Y lo que antes costaba, resulta tan natural para la persona que le nace de manera espontánea. También puede ser que se abrace el cristianismo porque partimos de la experiencia personal de Jesús. Eso le pasa a tantos jóvenes, y no tan jóvenes, que en experiencias multitudinarias como las JMJ’s, oraciones de Taizé, visitas a santuarios marianos o de cualquier otra índole, experimentan en sus vidas al Jesús vivo y resucitado. Esto es crucial. De ahí mana el seguimiento. Pero también es cierto que esto necesita de un acompañamiento. La experiencia de Jesús nos empuja al seguimiento, a la comunidad de discípulos que siguen a Jesús, es decir: a la Iglesia. Ahí es cuando Jesús, vivo y resucitado en el corazón de la persona, consolida esta experiencia en el duro caminar de la fe.

Por lo tanto, queridos hermanos, experiencia de Jesús en el corazón y seguimiento, son dos polos de la misma realidad: ¿Quién es mi amo? ¿O dónde tengo el corazón? Cada uno de los polos tiene su importancia. Importante es la experiencia personal de Jesús en el corazón del hombre, que nos hace relativizar las preocupaciones del mundo. Importante también es el seguimiento que hace acrisolar y consolidar las actitudes fundamentales, que el cristiano debe tener en su testimonio de la Verdad.
 

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