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La clausura en la Orden de Predicadores

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El fraile predicador porque está en el mundo y ama al mundo, comprende la necesidad de una vida interior para hablar con Dios de los demás y a los demás hablar de Dios.

Se nos enseña en el noviciado, que el fraile predicador para el ejercicio de su ser y hacer dominicano consta de varias mediaciones que fraguan su identidad. En un mundo donde parece ser que la identidad de la persona es violada, fragmentada y utilizada, resulta sugerente reflexionar y acudir, a esas tradiciones dominicanas que nos hacen ser lo que somos.

Las constituciones de nuestra Orden dedican especial importancia a la observancia regular “…dispone nuestro estilo de vida en forma tal que nos ayuda en nuestra decisión de seguir de cerca a Cristo, y a que podamos realizar con mayor eficacia nuestra vida apostólica…” Art V No 39. En este aspecto como en muchos otros nuestras leyes son sabias, es nuestra forma de gobierno y nuestro estilo de vida una búsqueda constante del mejor modo de servir y de vivir; se quiere que el fraile predicador no se pierda, no ambule en el vacío, sino que disponga de mediaciones que clarifican el horizonte y hacen el ideal más cercano.

Al reflexionar sobre las observancias regulares, me centraré en esa mediación que conjuga espacio y tiempo y que es la base para que se den todas las demás: “la clausura.” Intentaré responder a la siguiente cuestión ¿Qué sentido tiene la clausura en la Orden de Predicadores?

El diccionario de la RAE define la clausura como “recinto interior donde no pueden entrar las mujeres y como obligación que tienen los religiosos de no salir de cierto recinto”. Nuestras constituciones en el Art V No 41 nos dicen “Para que nuestros frailes puedan entregarse mejor a la contemplación y al estudio, para que, adema´s, se aumente la intimidad de familia y para que se manifiesten la fidelidad y la índole de nuestra vida religiosa, nuestros conventos deben conservar la clausura.”

El sentido propio de la clausura queda expresado en nuestra constitución; en primer lugar la clausura es el espacio que permite al fraile la contemplación y el estudio, ella nos lleva al recogimiento interior, a estar en presencia de Dios y de nuestra mismidad. En una sociedad como la nuestra donde la vida es hacia fuera, hacia el ruido, hacia el estar en la calle y la dispersión, la clausura responde diciendo que es posible vivir hacia adentro, que es posible la vida íntima. Uno de los lemas dominicanos es “Contemplata aliis traedere”, precisamente esa contemplación hace referencia a la clausura, que constituye el modo de vida del fraile. El predicador, si realmente quiere estudiar y contemplar la verdad sagrada, necesita espacio y tiempo para sentarse, para reflexionar, para orar, necesita de unas condiciones que en nuestro estilo de vida se hacen posible en el claustro. No entendemos la clausura en el sentido peyorativo de estar apartado del mundo y que nos haga vivir ciegos y ajenos a la sociedad y a los problemas que le afectan, eso no sería clausura sino indiferencia. El fraile predicador porque está en el mundo y ama al mundo, comprende la necesidad de una vida interior para hablar con Dios de los demás y a los demás hablar de Dios; por eso en clave dominicana la clausura permite el dialogo entre Dios y el hombre, entre el fraile y su Señor.

El segundo punto que destaca nuestra constitución con respecto a nuestros claustros es el aumento de la intimidad de familia y la manifestación de nuestra fidelidad e índole de nuestra vida religiosa. A las personas se le quiere, se les acepta y se les perdona de una manera. ¿Cómo? Tratándolas de cerca. La vida en el claustro tiene sus desafíos pero también muchas riquezas, la fraternidad y la comunidad se fraguan en nuestro claustros. Son nuestros claustros condiciones de posibilidad para el encuentro con el otro, para el conocimiento del otro. Si tratamos de cerca a nuestros hermanos podremos amarles y perdonarles todo. En la clausura se manifiesta nuestro yo mas cercano y real, sin querer nos damos a conocer y cuando los otros nos conocen podemos crear ambiente de familia y de intimidad. Ahora bien, la clausura es exigente y supone el ejercicio de la fidelidad a nuestra profesión; clausura es la oración coral, los espacios de recreación, el compartir del refectorio y mi estancia en la celda. Por eso cabría preguntarnos ¿Cómo va el ejercicio de ésta observancia regular? Porque si bien la clausura en positivo permite desarrollar las estructuras y las bases del religioso, también podemos caer en el peligro de hacer de nuestros conventos lugares de estancias y no claustros de identidad dominicana. El peligro de ser religiosos sin religión. Cuando hemos hablado en los artículos anteriores sobre el habito, el silencio, etc, al final todas estas observancias de la Orden nos llevan a la observancia base, cuando hacemos de la clausura una ascesis, se da el silencio, se da la oración, se facilita el estudio, se crea comunidad. La clausura es la génesis de todas las otras observancias. Por eso en la antigüedad, se era muy celoso de nuestros espacios, la clausura era terreno sagrado.

Hoy es cierto que la vida religiosa atraviesa un proceso de renovación. Si antes disponíamos de grandes conventos y monasterios hoy la inmensa mayoría se reduce a pisos y casas, ésto cambia por completo el concepto de claustros pero no su esencia misma. Si antes nos referíamos con mas especificidad a la clausura vista desde la condiciones objetivas de espacio y tiempo ahora lo hacemos desde la subjetividad del religioso. En efecto, nos referimos a su clausura interior. Aunque nuestras construcciones sean más pequeñas, aunque se reduzca el número de hermanos en nuestras comunidades, a veces bien pobre, debemos de mirar con gratitud nuestro origen y con esperanza nuestro ideal y desde este presente actual proyectarnos. La clausura interior hace posible la clausura exterior, cuando el religioso quiere vivir conforme a lo que ha profesado anda inquieto, una inquietud de búsqueda, una inquietud positiva que permite actualizar hoy lo que otros vivieron ayer. Se trata de ser comunidades contemplativas, comunidades de vida interior. La clausura comienza por una actitud personal, por un deseo profundo de darle por entero y totalmente nuestro interior a Dios; cuando el amante da su interior al amado se vive en plena donación total y eso es vivir en clausura sabiendo que nuestro corazón es de Dios y de nadie más. Los grandes santos de la Orden, tenían bien claro que la disciplina conducía al ejercicio de la observancia regular. Por eso, ser celoso de nuestros claustros (mundo interior y exterior) era y es un modo de vivir la clausura. El concilio Vaticano II en su decreto Perfectae Caritatis nos dice: “Consérvese fielmente y resplandezca cada día más en su espíritu genuino, tanto en Oriente como en Occidente, la veneranda institución de la vida monástica, que tan excelsos méritos se granjeó en la Iglesia y en la sociedad civil a lo largo de los siglos. Primordial oficio de monjes es tributar a la Divina Majestad un humilde y noble servicio dentro de los claustros del monasterio… Hagan reverdecer las antiguas tradiciones benéficas y acomódenlas a las actuales necesidades de las almas, de suerte que los monasterios sean como focos de edificación para el pueblo cristiano.”

Las ordenes monásticas no son las únicas que propiamente viven la clausura, todas las ordenes y congregaciones religiosas necesitan de esta realidad, la clausura es para todos. Sin clausura no hay identidad posible ni religioso creíble.

En suma, el religioso y de modo particular el fraile predicador construye su identidad en el claustro conventual y en su claustro personal. La clausura es un camino hacia el encuentro con Dios que hace posible el desarrollo posterior de otras observancias regulares. De ahí, la importancia que al menos, en las etapas iniciales de formación, el fraile disponga de unos espacios conventuales que le permitan descubrir su claustro personal y discernir su vocación dominicana.

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