6ª Estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús.
Convento de San Juan de Letrán, La Habana; Director del Prenoviciado del Vicariato Pedro de Córdoba
6ª Estación del Vía Crucis - La Verónica enjuga el rostro de Jesús.
Te adoramos, ¡oh, Cristo!, y te bendecimos, porque, por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Una huella de amor para todos los tiempos.
Entre el bullicio de la multitud, sudor, sangre, polvo, lágrimas…, marcha el Nazareno camino al Gólgota ayudado por el Cirineo. Una mujer que en la tradición se identifica con el nombre de Verónica —puesto que no se nos habla de ella en los evangelios— desafía al gentío y la custodia de los soldados. Con ánimo presuroso y firme determinación, superando todo cuanto se interponía en el camino del encuentro con quien cargaba aquel pesado madero, cae ante la figura de este hombre; ante su presencia, quietud; ante su mirada, compasión; ante su amor, una huella de amor para todos los tiempos. ¡Breves minutos y eterno el momento en que sobran las palabras y priman los gestos! Ilustrativos son los versos de Gerardo Diego que nos narran dicha escena en su primera décima:
«Fluye sangre de tus sienes
hasta cegarte los ojos.
Cubierto de hilillos rojos
el morado rostro tienes.
Y al contemplar cómo vienes
una mujer se atraviesa,
te enjuga el rostro y te besa.
La llamaban la Verónica.
Y exacta tu faz agónica
en el lienzo queda impresa».[…]
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Todos podemos identificarnos.
En nuestro vivir diario, escenas como la antes descrita se repiten de incontables maneras, actualizando el gesto amoroso de la Verónica. Allí donde se asiste al doliente y al sufrido; donde se pasa una noche de hospital acompañando, orando por un enfermo terminal; o en tantas otras situaciones que nos conmueven y que tú, mejor que yo, querido lector, puedes identificar porque vives inmerso en ellas. Allí donde se identifica el rostro de Cristo sufriente en tantos rostros humanos y existe una persona que se da entera, que ofrece todo lo que tiene por consolar, por ayudar, por el sólo gesto de estar y acompañar; son tan solo algunos ejemplos que hacen patente esta actualización.
Compadecerse y saber estar.
«Os aseguro que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40)
Son dos al menos, las actitudes que nos evocan esta escena vista desde sus dos protagonistas. A saber: en primer lugar, la compasión manifestada por la Verónica. Es el hecho de identificarse con quien padece, padecer con él, com-padecer, lo que mueve a actuar valientemente a esta mujer ante este «despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores […] ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado» (Is 53,3), «Varón de dolores» encontraremos en otras traducciones. Y es lo que nos ha de mover a cada uno de nosotros ante esas situaciones límites que confrontamos en nuestro diario vivir, en nuestro andar por la vida. Por tanto, se hace necesario no voltear el rostro y dejar de ser indiferente ante el otro que sufre, puesto que, como explica Jesús: «Os aseguro que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
Por otra parte, la Verónica no se interpone en el camino que conduce a la cruz, para impedirlo, puesto que bien sabe que poco puede hacer o dar en tal sentido. No obstante, no se queda de brazos cruzados ante el Nazareno y, por ello, actúa de la mejor manera posible ofreciendo lo poco o mucho que tiene: un velo para enjugar su rostro y aliviarle, animarle. Este gesto nos indica que, a veces, ante las situaciones límites del ser humano, donde bien poco podemos hacer o decir, la mejor de las formas es saber estar. Mucho vale la presencia, los gestos más que mil palabras.
¡Permíteme, Señor, enjugar tu rostro!
En segundo lugar, no podemos dejar de contemplar el gesto ofrecido por Jesús. Él comprende la intención de aquella mujer y, del mismo modo que una vez una mujer derramara un frasco de alabastro en sus pies para luego secarlo con sus cabellos, ahora permite a la Verónica que enjugue su rostro imprimiendo su faz en un lienzo. Hemos también de aprender a dejarnos limpiar el rostro, a no ser arrogantes y poseer la suficiente humildad para reconocer que en muchas ocasiones necesitamos de este gesto misericordioso. Y aún, si mi prójimo no se diera cuenta de tal necesidad, muy humano sería pedir que enjugaran mi rostro.
Que en nuestro caminar hacia la pascua con Jesús estemos atentos a tantos rostros que personifican a este siervo sufriente y, como la Verónica, estemos prestos a ser compasivos, ofreciendo lo mejor de cada uno de nosotros. ¡Permíteme, Señor, enjugar tu rostro!

