San Raimundo de Peñafort: Vocación a la Verdad
La «salus animarum», es el principio supremo y rector que orienta toda la legislación eclesiástica hacia el bien pastoral de los fieles y la misión salvífica de la Iglesia[1].
Para comprender la vocación de San Raimundo de Peñafort como canonista, es necesario mirar el Código de Derecho Canónico (Codex Iuris Canonici o CIC) no como un conjunto rígido de normas, sino como un instrumento de caridad y orden al servicio de las almas[2]. Su inclinación hacia esta disciplina nació de una síntesis entre su formación intelectual y su profunda identidad dominica, un único hilo que teje la búsqueda de la verdad desde las distintas disciplinas a las que se dedican los frailes dominicos.
Vocación de servicio a la Verdad
Fr. Raimundo dotó a la Orden de unas Constituciones acordes a las necesidades y al espíritu de Santo Domingo, con un sentido de fraternidad, de democracia y de vida de estudio y de oración, que no han perdido su vigencia hasta hoy.
San Raimundo no fue jurista por ambición académica, sino por una vocación de servicio a la Verdad y a la Iglesia. Desde sus años como profesor en Bolonia, el entonces centro jurídico de la cristiandad, entendió que el Derecho era el lenguaje necesario para dar estructura a la caridad. Su vocación se consolidó al entrar en la Orden de Predicadores; allí, el estudio del derecho se convirtió en una herramienta para la cura de almas y la organización de la misión de la Orden y de la Iglesia. Dotó a la Orden de unas Constituciones acordes a las necesidades y al espíritu de Santo Domingo, con un sentido de fraternidad, de democracia y de vida de estudio y de oración, que no han perdido su vigencia hasta hoy.
Patrono de los canonistas.
Es el patrono de los canonistas. Encarna, en su vocación singular el ordenar el caos jurídico eclesial del momento para fomentar la santidad y la gobernanza eclesial. El punto culminante de su carrera fue la compilación de las Decretales de Gregorio IX, revelando así que su vocación de canonista estaba guiada por la necesidad de claridad y unidad de la Iglesia.
Para él, el canonista era un «arquitecto de la paz» dentro de la comunidad eclesial.
Su vocación nos recuerda que el Derecho Canónico, en manos de un santo, se transforma en una forma de teología aplicada que busca, por encima de todo, la salus animarum (la salvación de las almas). Raimundo fue canonista porque comprendió que para predicar el Evangelio, la Iglesia necesitaba una estructura justa que protegiera el carisma y la verdad de la fe.
[1] Julián Herranz, Salus animarum, principio dell’ordinamento canonico, in: vatican.va, 2000.
[2] Cf. c.1752.

