Viernes Santo: La cruz no es el final
«Nadie tiene amor más grande que el da la vida por sus amigos» ( Jn 15,13).
Si nos preguntaran ¿tú, como cristiano, cuál es tu signo distintivo? ¿qué responderíamos? Sin duda alguna diríamos que la cruz.
Muchas veces, pedimos explicaciones al Señor, queriendo racionalizar la Cruz, queriendo entender por qué esto, por qué lo otro, y el Señor a veces nos impone: abrazar y mirar la Cruz.

Hoy sale a la luz el motivo por el que matan a Jesús: hacer presente la verdad y decir que es el Rey e Hijo de Dios. Pero ¿cuál es el reinado de Cristo? Su reinado es el amor, la paz, la justicia, el perdón, la reconciliación, la verdad, etc. Por el contrario, nosotros queremos reinar en este mundo: queremos brillar en la sociedad, en nuestras familias...; en el trabajo, tener éxito, queremos que nos vean, queremos tener dinero, poseer muchos bienes, ser los primeros, controlarlo todo, tener poder, tener fama, ser reconocidos por nuestros logros, saberlo todo, etc. En cambio, Jesús nos muestra un camino que es totalmente distinto: despojarse de todo y vivir para servir a los demás. Y lo hemos visto a lo largo de su vida: sanar heridas, reparar las vidas rotas de aquellos que, como ovejas perdidas, buscaban un pastor, ir hacia los pobres, revivir a los muertos, realizar milagros, enseñar, servir a sus discípulos, liberar a los poseídos por espíritus inmundos, etc. Por tanto, hemos de ser capaces de decir: «mi vida no me pertenece, es para los demás», De este modo, la muerte de Jesús se vuelve una realidad, por ejemplo, al ofrecer nuestra oración por quien sufre.
Todos tenemos nuestras cruces
Al igual que Jesús, cada cristiano tiene sus cruces. Otra cosa sería no querer verlas. Por eso, la liturgia de este día nos invita a contemplar el misterio de la Cruz. Ya no se trata de silenciar la Cruz, sino poder verla, ponernos frente a ella. Ahora bien, ¿Qué es lo que nos hace sufrir? O, dicho de otro modo, ¿Cuál es nuestra cruz? ¿La envidia?, ¿el desamor?, ¿el engaño?, ¿la discordia?, ¿el matrimonio?, ¿la vida comunitaria?, ¿la precariedad económica?, ¿la pobreza?, ¿la crisis?, ¿la enfermedad?, ¿las guerras?, ¿la soledad? Desde la infancia, adolescencia y la edad adulta, cargamos la cruz. Tenemos cosas que condicionan nuestra forma de ser, tenemos tendencia a ciertos pecados. Y en el fondo siempre queremos quitarlo de en medio, ocultarlo, esconderlo e incluso proyectarlo en los demás. Pues ayer, en el lavatorio de los pies, Jesús se puso a lavar eso que escondemos y nos aleja de Él: lo más oscuro. Pues el Señor te dice hoy: «me pongo de rodillas ante ti y te sirvo». Y después de servirte sube a la Cruz, ¿por qué? ¿si es Hijo de Dios? porque nadie tiene amor más grande que el da la vida por sus amigos ( Jn 15,13).
El Señor no nos obliga a cargar su Cruz, sino que nos invita desde nuestra libertad. En efecto, si no cargamos nuestras cruces, pasaremos toda la vida huyendo de ellas y nunca seremos felices. En cambio, si reconocemos que en la Cruz de Cristo Dios nos muestra su amor, seremos capaces de llevar nuestras cruces con responsabilidad. Pero ¿solo se trata de cargar nuestras cruces? Evidentemente, no. Mas debemos presentar a Jesús todo aquello que nos impide vivir en amor y fraternidad con los demás.
La clave de la cruz es el amor
En todo esto, hay una palabra clave: el amor. Jesús muere en la cruz por amor a la humanidad. ¿Y qué es el amor? Seguramente nos faltarían palabras para definirlo, pero lo que sí podremos decir o contar son las experiencias de amor que hemos tenido a lo largo de nuestra vida. Pues en el Viernes Santo, la Pasión de Cristo nos enseña que amar no es sólo un sentimiento, sino una acción concreta. Al mirar la cruz, comprendemos que el amor auténtico se revela en la capacidad de ser fiel a Dios, a los demás y a uno mismo. El amor del Señor en la Pasión manifiesta que no nos ha amado en broma, sino que nos ha amado muy en serio.
Por eso, ¿cuál es el secreto de la cruz?: la gloria de Dios. Así pues, depositemos en la cruz, todo mal, todo pecado, toda violencia que mora en nosotros y que desfigura el mundo; depositemos también todo sufrimiento.
Hace días una joven dijo a un sacerdote: «Durante la Pascua, intento dejar de pensar en mí misma y centrarme en Jesús. No quiero hablarle de mis problemas; sentiría que le añadiría una carga más, a él que tanto sufre en la Pasión». Estas palabras son conmovedoras y muestran una profunda amistad con el Señor. Sin embargo, si celebramos la Pasión de Jesús, no es simplemente como consolar a un amigo. Jesús apenas tuvo consoladores. Lo que quiere Jesús es que nosotros comprendamos que fueron nuestros pecados los que Él llevó, nuestros dolores los que cargó; lo que quiere es que conectemos nuestra vida con la suya. Así que no tiene sentido pensar que vamos a añadirle una carga con nuestros problemas: al contrario, lo importante reside en reconocer que estamos involucrados en la Pasión de Jesús, y decirle: Jesús estoy a tu lado para recorrer tu camino.
Pidamos por intercesión de la Bienaventurada Virgen María ser capaces de vivir esta Pasión de Cristo con amor y esperanza, porque sabemos que la cruz no es el final.

