Bajo los pies de mis frailes

Fr. Salustiano Mateos Gómara
Fr. Salustiano Mateos Gómara
Convento de Santo Domingo, Oviedo

Traslación de Nuestro Padre Santo Domingo

Murió rodeado de los suyos, un puñado de frailes acongojados y a los que quería como hijos. Era consciente de la situación precaria en que quedaban y quiso despedirse infundiendo esperanza en quienes lloraban su marcha. Domingo, al que la familia dominicana llama “nuestro padre”, había exigido de forma vehemente que las cosas fueran así. Se encontraba enfermo en las propiedades de la iglesia de Santa María del Monte, lugar cercano a Bolonia, por creer que era más sano que el convento de sus frailes. Pero se sentía hermano de sus hermanos y, por eso, ante la posibilidad de expirar fuera de los muros de su convento y rodeado de personas extrañas, exigió en el tramo final de su vida: “Lejos de mí que yo sea enterrado en otro lugar que bajo los pies de mis frailes. Llevadme fuera para que yo muera en aquella viña y podáis sepultarme en nuestra iglesia”.

 

Y así se hizo. En una humilde tumba, en la iglesia conventual de San Nicolás, en Bolonia, descansaron sus restos durante doce años. Descansaron bajo los pies de sus frailes, tal como había sido su deseo, y, sin embargo, por eso –o gracias a eso- el poder de Dios comenzó a obrar milagros teniéndolo por intercesor. Y, así, su tumba fue convirtiéndose en lugar de peregrinación provocando el temor de los frailes. Para nada querían ellos que el lugar del último descanso del bueno de Domingo de Guzmán fuera fuente de malentendidos. El pueblo podría pensar que allí se estaba negociando con la fe de las personas e hicieron todo lo posible por que ese constante peregrinar de fieles a visitar la tumba fuera apagándose. Por eso, les costó reconocer lo que allí se hacía patente. Las crónicas nos cuentan que “en medio de estos prodigios, apenas hubo un fraile que supiera agradecer estos favores divinos...Descolgaban y destruían las imágenes ofrecidas, y mientras con una santidad indiscreta eran celosos de su propia opinión, no tuvieron en cuenta el común provecho de la iglesia, oscureciendo la gloria divina”. No consiguieron su objetivo; al contrario, fue en aumento la afluencia y su santa desidia no impidió que allí siguieran concitándose los fieles en busca de consuelo.

Teniendo que ampliar la iglesia hubieron de derribar antiguas edificaciones y el cuerpo de “nuestro padre” quedó expuesto a la intemperie. Es la actitud que reprendió el mismo Papa, Gregorio IX, amigo que había sido de Santo Domingo. Acuciados por las circunstancias optaron por buscar un lugar más digno. Olvidando su obsesión por ser fieles a la obra de Domingo, y no tanto al culto a su persona, resolvieron cambiar la tumba de lugar. Fue el año 1233. Jordán de Sajonia, Maestro de la Orden, estuvo allí acompañando a obispos y cardenales que quisieron estar presentes en dicha traslación. El cuerpo fue llevado solemnemente a un sepulcro de mármol. Tuvo lugar el 24 de mayo de 1233 y fue de tal trascendencia que de él quedó memoria en el “Martirologio Romano”.

 

El hecho nos recuerda algo que, seguramente, subyace en muchas actitudes del espíritu dominicano. Tampoco hoy somos ajenos a aquel modo de proceder de los frailes. Las personas siempre han quedado un poco en la sombra, con tal de que la obra de la que somos responsables siga adelante y ocupe nuestro interés principal. No ha sido así en todas las familias religiosas. De ahí que, con frecuencia, el reconocimiento que “nuestro padre” se merece, quede un tanto oscurecido por el deseo de que sea el evangelio el que crezca entre los hombres y no el sello de nuestra condición dominicana.

Con esta fiesta del traslado se quiso honrar de forma oficial a la persona de Santo Domingo, algo que había quedado un tanto olvidado por esa obsesión nuestra de que nadie pueda malinterpretar nuestros actos y malogre la labor evangelizadora. El traslado de sus restos supuso reconocer la grandeza de un gran predicador, un fundador humilde y un padre bondadoso. Es lo que la fecha nos devuelve cada 24 de mayo. De ahí que, un hecho que puede parecer intrascendente para muchos, tiene especial relieve entre nosotros. Nos convoca a reconocer y honrar a quien nos prometió, con toda sencillez, que desde el cielo nos sería más provechoso que en la tierra. Él no tuvo otra aspiración mayor, al concluir su paso por la tierra, que descansar bajo los pies de sus frailes. Sus frailes, ese día, quisieron responder a aquel gesto de humildad con la decisión de darle un lugar de honor en la iglesia conventual. Aquel gesto de humildad suyo fue premiado el día del traslado donde fue reconocido como ese gran predicador cuyo paso por la tierra no tuvo otro objetivo que llevar a los hombres a Jesucristo.

 

Para todo miembro de la Familia Dominicana este 24 de mayo no es una fecha sin membrete. Es el momento de reconocer con orgullo que, aunque él así lo deseara, no quisieron y no queremos que esté bajo nuestros pies. Queremos verle delante, compañero de camino, como solía ser en su tiempo, conscientes de que no hay grandeza mayor que la del hombre que nos anima y acompaña a buscar con inquietud la Luz, para hacer que su brillo ilumine el caminar de todos los que tienen sed de Dios.