El Rosario y Jesús

Fr. Ángel Luis Fariña Pérez
Fr. Ángel Luis Fariña Pérez
Convento Virgen de Atocha, Madrid
A la escucha no hay comentarios

 

Fiesta de la Virgen del Rosario

Mucho se ha discutido sobre el origen del Rosario, y si su creación se atribuye a Santo Domingo, cosa que no es cierta. Lo que sí es cierto es que el desarrollo de esta devoción está fuertemente enraizado en nuestra Orden. Fue el papa dominico San Pío V el que instituye esta celebración dentro de la liturgia cristiana en el año 1572. Pero su evolución como oración quedó influida, también, por factores profanos; el contar y repetir una misma jaculatoria es una práctica tan generalizada en casi todas las religiones antiguas del mundo, que desde mi punto de vista, podríamos considerarlo como un hecho religioso universal; el Rosario es, pues, una forma relativamente natural de oración. Pero también del Rosario se ha dicho, y es aquí donde entra nuestra vocación a ser predicadores enamorados de la Palabra y donde quiero centrar mi texto, que es «el compendio de todo el Evangelio». El corazón mismo del Rosario, son los misterios de la vida de Jesús.

En el Rosario comenzamos a contemplar, con gozo, que la “colmada de gracia” está ante el misterio de Dios, envuelta por su Espíritu, para que su maternidad sea estimada como lo más bello para la humanidad. Contemplamos a Dios encarnado, que es lo mismo que hablar de lo divino, aunque cubierto de polvo, tierra y barro. También vemos cómo María, en una familiar visita, proclama la predicación de su Hijo, es decir, el plan de Dios que deberá transformar las estructuras de este mundo. En el ir y venir de avemarías, contemplamos y rezamos que la Palabra se acurruca en un pesebre, para que luego, cumplido el tiempo, Simeón cante que esa “luz” es para todas las naciones sin excepción; por este motivo, sus padres no entenderán la “pérdida” en el Templo, que es fruto de su entrega a la causa del Padre.

Seguimos contemplando, y desde la luz, vemos cómo el Hijo de Dios necesita el Espíritu como bautismo, para ser profeta del Reino que tiene que anunciar. Las bodas de Caná nos sitúan en el declive que vivía el judaísmo, y a la vez nos lanza preguntas: ¿Le sucede algo a nuestra religión; es profética, transmite vida y alegría? ¿Anunciamos el Reino, es decir, hacemos que el mundo sea cada vez más humano y humanizador? La experiencia intensa de Jesús en la transfiguración nos lleva a contemplar, que la única esperanza que cabe es la de que descubramos la realidad que somos. Meditar la verdad de la Eucaristía, nos hace partícipes de la fe de la Iglesia de Cristo que nos alimenta permanentemente por la realidad de salvación.

Es inevitable que en la vida llegue el dolor, y en la de Jesús no fue menos. En la hora de Getsemaní, experimenta que su vida ha tenido sentido; que haber comido con publicanos y prostitutas era lo que su Padre hubiera hecho de haber estado presente, pero sufre y por eso ora. Flagelo, espinas y cruz a cuestas son el preámbulo de su crucifixión y su muerte; pero esto no nos abrió el camino de liberación y salvación; el camino nos lo abrió, porque vivió y murió con amor. Solo el amor abre futuro a la humanidad.


Terminamos contemplando, con gloria, que el amor vence a la muerte. Con la resurrección y ascensión de Jesús, se nos da pie para que con nuestra forma de vivir, manifestemos que nuestro futuro ya está habitado por un amor gratuito que nunca falla; y el Espíritu se encargará de hacernos sentir que todo es derroche de amor de Dios para con nosotros. Los últimos misterios del Rosario nos muestran la “nueva vida de María” y cómo asume el “reinado de Dios” como opción definitiva de su Hijo.

Recorrer los misterios del Rosario, nos lleva a que el valor de esta oración consiste en su concentración sobre el misterio de la redención; es un credo a Jesús en el que repetimos continuamente las mismas palabras, regocijándonos al contemplar la Buena Noticia.