Santa Catalina de Siena: ¿cómo conciliar política y espiritualidad?

Santa Catalina de Siena: ¿cómo conciliar política y espiritualidad?

Fr. Frisky Sánchez Abarua
Fr. Frisky Sánchez Abarua
Real Convento de Predicadores Valencia

 Hoy por hoy suele asumirse que espiritualidad y política pertenecen a ámbitos irreconciliables. La política aparece asociada al poder, al conflicto y a la negociación pragmática, mientras la espiritualidad se identifica con interioridad y retiro del mundo. Nada más lejos de la realidad, ya que la vida de Santa Catalina de Siena desafía esta dicotomía. Su experiencia demuestra que la vida espiritual puede convertirse en una herramienta motora de compromiso público sin perder autenticidad religiosa.

Catalina no fue una teórica política en sentido moderno, ni tampoco ocupó cargos institucionales como tantos que encontramos hoy detrás de una curul y que se olvidan de lo más importante, las personas. Ella ejerció una influencia real en ciudades italianas, en medio de reyes y papas. Su figura plantea una pregunta todavía vigente: ¿es posible una acción política nacida de la vida espiritual?

Una mística insertada en la historia

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Nacida en Siena en 1347, Catalina vivió en una Europa atravesada por grandes crisis como guerras entre ciudades italianas, tensiones sociales, la peste negra y el llamado Cisma de Aviñón, durante el cual los papas residían fuera de Roma. Lejos de recluirse en una espiritualidad intimista, interpretó estos conflictos como un llamado a la responsabilidad cristiana.

La unión con Dios no la alejó de los problemas políticos de su tiempo, ni de los problemas sociales ni eclesiales, más bien ella se convirtió en mediadora activa entre poderes enfrentados. Se podría decir que la acción política de Catalina nace del poder, pero no, esta nace de su conciencia espiritual, de su experiencia religiosa que la impulsó a intervenir en el mundo y que no la apartó de él.

Uno de los aspectos más originales de Catalina fue su autoridad moral. Ella era una mujer laica del siglo XIV, por lo tanto, su autoridad no provenía de una posición social elevada, más bien de la coherencia entre vida interior y acción pública.

En sus cartas dirigidas a gobernantes, exhortaba a ejercer el poder como servicio. Para ella, la política debía orientarse al bien común y a la justicia, conceptos inseparables de la conversión personal. Meterse en política, para Catalina, era ejercer la responsabilidad ante el sufrimiento del pueblo y la reforma moral de la sociedad.

Fray Martín Gelabert, O.P (2013) refiere que «la cuestión no es si hacemos o no política, porque hagamos lo que hagamos, siempre hacemos política. La cuestión es qué tipo de política hacemos y por qué hacemos ese tipo de política». Catalina fue una mujer que entendía la participación política como una obligación ética del creyente.

Una mediadora

La santa de Siena actuó repetidamente como mediadora diplomática. Intervino entre ciudades italianas en conflicto y escribió numerosas cartas al papa Gregorio XI, instándole a regresar a Roma para restaurar la unidad de la Iglesia. Lo notable no fue solo su intervención, fue el modo en que la justificaba. Para ella, la paz política era una exigencia espiritual. El gobierno injusto o la guerra civil representaban una herida en el cuerpo social y eclesial que debía sanarse desde la caridad cristiana.

La conciliación entre política y espiritualidad se realiza así mediante una antropología integral, porque cambiar las estructuras exige transformar primero a las personas. La reforma de la Iglesia y de la sociedad comienza en la reforma del corazón humano. En este sentido, Catalina concibe la sociedad como una comunidad moral, donde la política tiene dimensión salvífica.

Otro elemento decisivo en la vida de Catalina es su libertad frente a la autoridad. Ella fue profundamente fiel a la Iglesia, y por eso no dudó en corregir públicamente a gobernantes y prelados. Su espiritualidad le otorgaba independencia respecto al poder político. No buscaba privilegios ni influencia personal, no buscaba gratificaciones ni reconocimientos, no se aprovechaba de su popularidad, porque su intervención estaba orientada a la verdad y la justicia. Esta actitud le permitió hablar con franqueza incluso al papado, algo extraordinario para una mujer del siglo XIV.

Conciencia profética

Es interesante ver cómo Catalina habla a los poderosos desde la conciencia profética y no desde la subordinación política. Entonces emerge aquí un principio relevante para el presente en el que la espiritualidad auténtica examina el poder críticamente sin legitimarlo. La política era una forma de caridad para ella. Amar a Dios implicaba amar la ciudad, buscar la paz civil y proteger a los más vulnerables. No existía separación entre vida contemplativa y responsabilidad social.

Muchos buscan el favor de quien gobierna, pero el Señor es quien hace justicia. (Prov, 29,26)

Recientemente el papa León XIV ha denunciado con firmeza a quienes utilizan el poder para dominar, dividir pueblos y justificar guerras injustas, recordando que ninguna autoridad puede apoyarse en la violencia ni en el nombre de Dios para oprimir. Según el pontífice, el verdadero liderazgo político debe proteger la dignidad humana, buscar la paz y servir siempre al bien común.

Y yo me pregunto: ¿Qué diría santa Catalina si viviera hoy? ¿cómo conectaríamos espiritualidad con política según sus criterios? Pues para responder a esto tenemos que romper con la visión de los extremos: primero, el de la espiritualidad evasiva que ignora la historia; y segundo el de la política pragmática sin fundamento moral. En resumen, la política necesita alma y la espiritualidad necesita compromiso histórico.

Un pensamiento actual

El pensamiento de Catalina es muy contemporáneo. No podemos pasar por alto que hoy vivimos marcados por una gran polarización ideológica, por la desconfianza institucional, por una crisis ética del liderazgo en todo su sentido. De manera que, la transformación política duradera requiere formación moral y espiritual.

Santa Catalina de Siena muestra que la unión con Dios no aleja del mundo. Al contrario, dicha unión nos mueve a servir al mundo con más entrega. El ser espiritual no es una forma de huir de las responsabilidades humanas, ni tampoco la experiencia mística es una forma de ignorar el sufrimiento social. En cambio, la reflexión espiritual hace que la gente sienta más el dolor de los demás, y esa sensibilidad lleva a un compromiso real. El amor a Dios se ve en el amor al prójimo. El amor a Dios y el amor a los demás se iluminan el uno al otro.