"En su misericordia Dios nos alza en su Hijo" Domingo IV de Cuaresma, Ciclo B (Jn 3, 14-21)

Fr. Juan Manuel Martínez Corral
Fr. Juan Manuel Martínez Corral
Convento Nuestra Señora de Atocha, Madrid
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El Evangelio de este domingo nos introduce en una especie de chocante diálogo entre Jesús y Nicodemo. Chocante porque no da muchos detalles acerca de Nicodemo y también por la importancia de lo que Jesús le revela a éste. Nicodemo era un judío importante en la Jerusalén de la época, que posiblemente andaba buscando el encuentro sincero con una Verdad mayor a la que ya conocía. Sale "de noche" en búsqueda de quien puede alumbrar su camino oscuro. Será el encuentro con el Nazareno el que haga posible ese paso de las tinieblas a la luz. En el diálogo, Jesús revela su propia identidad recibida del Padre: es el Hijo del hombre bajado del cielo para darnos vida y una vida eterna.


   Es necesario detenerse para caer en la cuenta de todo lo que quiere expresar el evangelista con esa serie de símbolos que introduce en el texto. Moisés, obedeciendo a Dios, alzó en el desierto la serpiente para librar a su pueblo de una muerte segura. Pues, en la elevación gloriosa de Cristo en la cruz, encontramos la manifestación del esplendor del amor de Dios: es su infinito amor lo que mueve al Padre a entregarnos a su Hijo para que nos sirva de antídoto y así podamos adherirnos a la plena gratuidad de su amor y salvación.


   Otro rasgo fundamental es que Jesús viene a abolir las obras que contribuyen al mal: toda la maldad del mundo queda simbólicamente expuesta ante la figura de Cristo. “Lámpara es tu Palabra para mis pasos”, es luz que ilumina el sendero de mi vida. En este peregrinar que es la existencia -y que muchas recorremos sin rumbo fijo, andando de un lado al otro y sin el norte muy claro- se nos va presentando un camino en medio de las noches oscuras: Cristo es el lucero que despunta en la mañana, alumbra los ojos de nuestro corazón dormido para que seamos verdaderos testigos de su amor, de un amor que lleva a poner el corazón en todas las obras que realizamos.


   Este himno que nos presenta la liturgia parece muy locuaz para ver toda la luz, vida y amor que derrama Cristo en la cruz: ¿Cómo quejarme de mis pies cansados, cuando veo los tuyos destrozados? ¿Cómo mostrarte mis manos vacías, cuando las tuyas están llenas de heridas? ¿Cómo explicarte a ti mi soledad, cuando en la cruz alzado y solo estás? ¿Cómo explicarte que no tengo amor, cuando tienes rasgado el corazón? Jesús sostiene y abraza la vida de tantos inocentes que claman en sus vidas rotas y asfixiadas ante el dolor, sufrimiento e injusticias. Cristo es por tanto, la justicia para todos los que sufren en sus vidas algo que atenta contra su dignidad; en medio del dolor humano Cristo se alza glorioso y los redime.


   Él se presenta como ese amigo que se acerca en los momentos dolorosos de la vida y que invita a seguir caminando, porque es un Dios madrugador. Sobre Él, imagen de los inocentes perseguidos, se han descargado toda clase de sinrazones. Pero Él "me amó y se entregó por mí", ha venido a devolvernos la dignidad de hijos de Dios, por tanto a salvarnos y devolvernos la plenitud. La Luz de la vida.