"Columnas de la fe" Solemnidad de san Pedro y san Pablo

San Pedro y San Pablo son apóstoles, testigos de Jesús que dieron un gran testimonio. Se dice que son las dos columnas del edificio de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo. El sentido de tener esta fiesta solemne es recordar lo que estos dos grandes santos hicieron, aprender de su ejemplo como testigos de Jesucristo, hacer una solemne confesión de fe en la Iglesia una, santa, católica y apostólica y pedirles en este día especialmente su intercesión por nosotros.


    San Pedro fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Su nombre era Simón, pero Jesús lo llamó Cefas que significa "piedra" y le dijo que sería la piedra sobre la que edificaría Su Iglesia. Por esta razón, le conocemos como Pedro. Era pescador de oficio y Jesús lo llamó a ser pescador de hombres, para darles a conocer el amor de Dios y el mensaje de salvación. Él aceptó y dejó su barca, sus redes y su casa para seguir a Jesús. Pedro era de carácter fuerte e impulsivo y tuvo que luchar contra la comodidad y contra su gusto por lucirse ante los demás. No comprendió a Cristo cuando hablaba acerca de sacrificio, cruz y muerte, y hasta le llegó a proponer a Jesús un camino más fácil; se sentía muy seguro de sí mismo y le prometió a Cristo que nunca lo negaría, tan sólo unas horas antes de negarlo tres veces.


   Pedro, el amigo frágil y apasionado de Jesús, es el hombre elegido por Cristo para ser 'la roca' de la Iglesia: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt 16,16). Aceptó con humildad su misión hasta el final, hasta su muerte como mártir. Por su seguimiento a Jesús de Nazaret, se constituyó en el apóstol más conocido y citado del Nuevo Testamento en general, de los cuatro Evangelios canónicos, y los Hechos de los Apóstoles en particular, que lo presentan bajo muy variados aspectos. También es citado por Pablo de Tarso en sus epístolas, incluyendo la Epístola a los gálatas donde lo refiere como una de las tres columnas de la Iglesia de Jerusalén (Gal 2,9). Figura de primer orden y de firme valor teológico en razón del ministerio que le confió el propio Jesucristo, es también conocido como el príncipe de los apóstoles.


   La Iglesia católica lo identifica a través de la sucesión apostólica como el primer Papa, basándose, entre otros argumentos, en las palabras que le dirigió Jesús: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo» (Mt 16,18-19). Pablo de Tarso, originalmente Saulo, nacido entre los años 5 y 10 d.C., en Tarso de Cilicia (actual Turquía centro-meridional), es conocido como el Apóstol de los gentiles, y constituye una de las personalidades señeras del cristianismo primitivo.

   Pablo es el personaje mejor conocido del Nuevo Testamento, nacido en diáspora, pero de familia farisea observante, persiguió inicialmente a la iglesia judeocristiana helenista por sus libertades respecto de la ley (cf. Gal 1,14; Flp 3, 6). Pero, alcanzado por el Señor, se convirtió en el más destacado predicador de la fe cristiana y en el universalizador de la misma, al desligarla de la legislación judía. Integrado pronto en la influyente comunidad de Antioquía, participó activamente en el llamado concilio de Jerusalén; pero, tras el incidente de Antioquía, se alejó de las iglesias de Siria-Palestina y con un nuevo equipo se dedicó a fundar comunidades en las grandes ciudades del entorno del mar Egeo.


   Gran conocedor del Antiguo Testamento, nos dejó un rico acervo teológico y espiritual en sus cartas. Concluido su ministerio por Grecia (Rm 15,23), decide viajar a España visitando de camino la comunidad de Roma. Antes viaja a Jerusalén donde es apresado y conducido a Roma para ser juzgado por el tribunal imperial. Fue ajusticiado hacia el año 58, unos años antes que Pedro. Lo más importante y fundamental de estas dos figuras es saber reconocer a Jesús y seguirle como Pedro ante la pregunta de Jesús: y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Esta pregunta de Jesús no está dirigida solo a sus primeros seguidores. Es la cuestión fundamental a la que hemos de responder siempre los que nos confesamos cristianos. No se trata sólo encontrar de entrada una respuesta doctrinal y confesar de manera rutinaria que "Jesús es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo", sin duda, pero que pueden ser pronunciados sin contenido vital alguno. La pregunta de Jesús nos interpela, acerca de nuestra actitud ante él, sobre todo en nuestro seguimiento concreto a él


   Jesús es la Persona decisiva que nos proporciona la comprensión última de la existencia, da una orientación decisiva a nuestra vida y nos ofrece la esperanza definitiva. De hecho, "la pregunta ¿quién decís que soy yo?" no es una cuestión sobre Jesús, sino sobre nosotros mismos. ¿Quién soy yo? ¿En quién creo? ¿En quién apoyo mi vida? La pregunta de Jesús tiene que ser la llamada a un estilo de vida cristiano, y eso, es lo que han descubierto San Pedro y San Pablo, y es lo que nos han transmitido.