LA COMPASIÓN DOMINICANA SE HACE GRITO

LA COMPASIÓN DOMINICANA SE HACE GRITO

Fr. Juan Manuel Martínez Corral
Fr. Juan Manuel Martínez Corral
Real Convento de Ntra. Sra. de Candelaria, Tenerife

Para profundizar bien en la rica variedad de matices que nos propone el significado de la compasión vamos a comenzar realizando una aproximación lingüística a los términos compasión y misericordia. Si acudimos al diccionario de la RAE define la compasión como: sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien. Para el término misericordia emplea varios matices: virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenas; atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas; porción pequeña de alguna cosa, como la que suele darse de caridad o limosna. Estos conceptos son generales, amplios y necesarios para resituar lo que en el ámbito de habla española entendemos por caridad.

El término compasión proviene del latín compati, que significa "sufrir con", "padecer con". Es un valor del ser humano capaz de comprender la situación del otro conectándose desde un sentimiento espontáneo de solidaridad para responder a sus necesidades. En el lenguaje coloquial este vocablo viene a recoger lo que tiene que ver con la simpatía o el movimiento del alma que nos hace sensibles, de forma espontánea, radical, a los males y sufrimientos del prójimo; esta palabra expresa también el dolor experimentado ante el sufrimiento del prójimo junto con una actitud interior que nos pone en comunión con la miseria ajena. Es precisamente en el lenguaje coloquial donde aparecen una serie de sinónimos de la palabra compasión, como piedad, humanidad, conmiseración o misericordia. Por tanto, el término no se puede acotar en un solo significado sino que tiene una gran riqueza de matices. 

¿Señor qué será de los pobres y pecadores?

Dentro de la variedad de los matices que nos presentan los vocablos compasión y misericordia nos interesa resaltar el matiz de que es un amor en acción. Así lo expresa Henri J. M. Nouwen: La compasión nos demanda ir allá donde se sufre, entrar en los lugares de dolor, participar del quebranto, del miedo, de la confusión y de la angustia. La compasión nos desafía a gritar con los que se encuentran en la miseria, a afligirnos con los que están solos, a llorar con los que se deshacen en lágrimas. La compasión nos exige ser débiles con el débil, vulnerables con el vulnerable e impotentes con el impotente. La compasión significa sumergirse totalmente en lo que supone el hecho de ser humano. De este modo podemos ver claramente que la compasión tiene un calado más profundo, que se trata de algo más que la mera y difusa bondad, simpatía o ternura de corazón. Y es precisamente, en todo este sustrato, en el que podemos hacer referencia a la herencia de la compasión que nos deja marcada la figura de Santo Domingo.

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Domingo la vivió la compasión como un desafío personal. Posiblemente esa compasión se le forjo a fuego en los primeros años de su vida, viviendo la hondura misericordiosa junto a su madre ante todos los que llamaban a su puerta demandando caridad, solidaridad, ternura, de gentes que se vieron presas ante las batallas de la reconquista. Por tanto, ese principio de "padecer con" lo va a hacer suyo desde temprana edad. San Pablo en su carta a los romanos ya dibuja unas pinceladas sobre este principio de "padecer con", "con vivir" ante una realidad ajena: alegraos con los que están alegres: llorad con los que lloran (Rom 12,15).

La compasión significa sumergirse totalmente en lo que supone el hecho de ser humano.

Es en ese contexto castellano, en el que Nuestro Padre Santo Domingo comprende la profundidad del amor. Amor-compasión nos debe llevar incluso a amar a nuestros enemigos. Que nuestro amor no sea una farsa o fingido. Así lo recogen los biógrafos de Nuestro Padre Santo Domingo: Todos los hombres cabían en la inmensa caridad de su corazón y, amándolos a todos, de todos era amado. Consideraba un deber suyo alegrarse con lo que se alegran y llorar con los que lloran, y, llevado de su piedad, se dedicaba al cuidado de los pobres y desgraciados.

Dentro de los rasgos más hondos que calan en la persona de Domingo, es sin lugar a dudas, la que brota de la interioridad de su corazón ante un pueblo sufriente por la hambruna que está pasando: su ecuanimidad era inalterada, a no ser cuando se turbaba por la compasión y la misericordia hacia el prójimo. Ante este hecho, brota el grito desgarrado de la compasión: no puedo estudiar en pieles muertas mientras los hombres mueren de hambre. Es el principio de la compasión la que lleva a Domingo a una acción misericordiosa; la venta de libros para paliar el hambre, con su acción, va a provocar una liberación total en la persona. Esta mirada de Domingo ante el pueblo palentino va sellada con un sentimiento de compasión, de un amor despojado de sí, de un impulso del corazón que provoca un giro copernicano en los necesitados, cambia el destino de aquellas gentes. El impulso compasivo a la hora de obrar se forja en el interior del corazón: el hombre bueno, de la bondad que atesora en el corazón saca el bien [...] porque de lo que rebosa el corazón habla la boca (Lc 6,46). 

La compasión se entreteje en la interioridad de la persona "vísceras", "corazón", es decir, que se conmueve toda la persona humana, ante el sufrimiento ajeno, se conmueve visceralmente, experimentado en lo más intimo de su ser, lo que sienten las entrañas de la otra persona, por el dolor profundo, indecible e intenso ante las injusticias, ante la miseria, el olvido, los refugiados, ante la emigración, la esclavitud, la trata de seres humanos, ante los que no pueden acceder a la verdad. Por tanto, la interioridad de la compasión, como la entendió Santo Domingo lleva a levantar un grito por la dignidad humana. Juan de Navarra, en sus declaraciones en el proceso de canonización, dijo: le vio estar alegre en presencia de los hombres, pero en sus oraciones con frecuencia lloraba: ¿Señor qué será de los pobres y pecadores?

El impulso compasivo a la hora de obrar se forja en el interior del corazón

La compasión dominicana es un testamento que a lo largo de estos años lo han ido haciendo vida tantos hijos e hijas de Domingo. Desde el grito hecho compasión en La Española pronunciado por boca de Antón de Montesinos: ¿Éstos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís?. A lo que se suman los gritos de hermanos y hermanas en las periferias de todos los continentes del mundo que gritan y predican la verdad del Evangelio, que predican la compasión con mayúsculas que es Cristo. Pasando por el grito silencioso de la vida contemplativa, motor de la misericordia, desde el silencio recogido que abraza la necesidad de compasión que tiene el ser humano, de la necesidad de un mundo que clama por que se implante ya aquí y ahora el Reino de Dios y lo hacen plegaria ante el Padre. Por tanto, la compasión en la Orden de Predicadores no está muerta sino que se hace grito.