Cuando uno experimenta ciertos amores, lo demás sabe a poco (La Sagrada Familia, ciclo B)

Fr. Martín Gelabert Ballester
Fr. Martín Gelabert Ballester
Convento de San Vicente Ferrer, Valencia
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  La fiesta de la Sagrada Familia, situada dentro del ciclo de Navidad, nos recuerda un aspecto importante del misterio de la Encarnación. Dios, en Jesús, asume nuestra realidad humana. Con todas las consecuencias. Por eso nace, crece y se desarrolla en el seno de una familia. Como ocurre con todos los seres humanos. El evangelio del día de la fiesta confirma con elegancia esta inmersión de Jesús en una familia, con todo lo que esto supone de influencias en el resto de la vida, en nuestro caso de influencias positivas: el niño crecía en edad (gracias a los cuidados de sus padres), crecía en sabiduría (gracias al influjo del ambiente cultural en el que se movía) y crecía en experiencia de Dios; sin duda, en esto último, colaboraban grandemente la piedad, la religiosidad y los buenos ejemplos de sus padres.

  El evangelio de Lucas además de notar las influencias familiares en Jesús, también anuncia proféticamente lo que quedará claro cuando el niño sea adulto: que será una bandera discutida, que ante él la gente tomará posición, unos se manifestarán a favor de su vida y de su enseñanza, y otros se manifestarán en contra y le rechazarán. Jesús y su mensaje, bien anunciados y bien entendidos, no dejan a nadie indiferente. Obligan a tomar postura. Dicho de otra manera: cuando uno se encuentra con Jesús queda retratado. Por eso, aquellos a los que no les gusta el retrato que aparece deciden deshacerse del espejo que los retrata.

  Otra cosa que anuncia proféticamente el evangelio es lo que ocurre con aquellos que acogen al Señor, simbolizados en dos ancianos, Simeón y Ana, prototipos de la buena sabiduría. Cuando Simeón se encuentra con el niño y lo toma en sus brazos, exclama con emoción: “Ahora Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Es como si dijera: ¡Ya me puedo morir!, ¡el encuentro con el Señor ha colmado mi vida!, ¡ya no necesito nada más!, ¡la vida ya me lo ha dado todo! En efecto, cuando uno ha hecho la experiencia de determinados amores, todo lo demás le sabe a poco, y lo único que desea es gozar para siempre de ese amor. Pero desear gozar para siempre del amor de Dios es querer “irse en paz” de este mundo. Por su parte, Ana no paraba de hablar del niño con todos los que se encontraba. Porque cuando uno ha conocido a Jesús, lo espontáneo, lo natural, lo que le nace, es transmitir a otros esta buena noticia. La alegría es contagiosa y tiende espontáneamente a compartirse.

  En estos últimos años, en España, se ha aprovechado la fiesta de la Sagrada Familia para hacer el elogio de la familia cristiana y, de paso, convocar grandes manifestaciones en contra de determinadas políticas que no favorecen la vida. No está mal. Pero la fiesta de la Sagrada Familia es otra cosa. Debería servir para prolongar las reflexiones sobre la Encarnación que se han hecho el día de Navidad. No es menos cierto que cualquier ocasión es buena para tratar de la familia cristiana. Se puede aprovechar la fiesta de la Sagrada Familia y se puede aprovechar cualquier otra fiesta o cualquier otro acontecimiento. Porque aprovechando que el río Pisuerga pasa por Valladolid, también se puede hablar de Salamanca o de cualquier otra ciudad de Castilla y, ya de paso, de cualquier otra ciudad del mundo.