Todas y todos a una… en familia

Fr. Ángel Luis Fariña Pérez
Fr. Ángel Luis Fariña Pérez
Convento Virgen de Atocha, Madrid


En estos últimos tiempos sobreabundan los escritos, opiniones y discursos sobre la familia. Por un lado nos dicen que la familia tiene que tener una estructura única y concreta. Por otro nos dicen que hay varios y nuevos modelos de familia. Yo no voy a entrar en esa discusión ya que no es el fin que tiene este artículo, pero sí diré que desde que entré en la Orden el significado de familia, para mí, se ha ampliado. Cuando decimos Familia Dominicana al momento nos vienen nombres y rostros de hermanas, frailes y laicos que formamos esa gran realidad de comunicación de amor. Pero no solo nos quedamos ahí. Sabemos muy bien que, como familia, podemos confiar en hermanos y hermanas para una inteligente distribución del trabajo.


  Confiar… ¿no fue confiar lo que hizo nuestro padre Santo Domingo, y esta confianza desembocó en Nuestra Orden cuyo aniversario celebramos en estos días? Santo Domingo, por razones que todos conocemos muy bien, sintió la necesidad de no regresar a aquel enclaustrado mundo de la Catedral de Osma. Experimentar la realidad concreta de los humanos, estar en contacto con la realidad social de hombres y mujeres de su tiempo, fue la circunstancia para despertar en él su inquietud por la compasión y la predicación. Santo Domingo sintonizó y sintió con hombres y mujeres desasistidos en el error, y apostó por sacarles de esas situaciones. Lo que no hizo la oración del canónigo regular encerrado en su Catedral lo consiguió la experiencia y el contacto con la realidad humana con la que se iba encontrando; pero sin dejar de ser, en ningún momento, hombre de oración.


  Y nosotros, Familia Dominicana, 798 años después, ¿seguimos sosteniendo la antorcha de Domingo con las mismas ganas e ilusión que el día que decidimos cogerla? ¿O estamos, parafraseando a nuestro hermano fray Antón Montesinos, en un sueño letárgico? A nosotros, en familia y como hiciera Santo Domingo, nos toca apostar como él hizo y predicar que es posible otro mundo, otro tipo de sociedad; que impere la justicia y se erradique la exclusión. Con nuestra predicación que es fruto de la intensa contemplación en el estudio -porque si esto no es así se nos derrumba todo- lo haremos realidad si confiamos, como Santo Domingo, a pesar de las muchas circunstancias adversas que nos vamos a encontrar en la vida. Pero eso sí: tengamos 30 años, tengamos 83, ya que esto no se trata de edad, sino de opción de vida. Nuestra misión y reto hoy como Familia Dominicana tiene que ser el denunciar y anunciar con nuestra propia vida y no sólo con meras palabras los odios, marginaciones, discordias, enfrentamientos, injusticias de todo tipo en este nuestro mundo en todos sus contextos, como hemos hecho en los momentos más decisivos y de lucidez en estos casi 800 años.


  En el trasfondo de estos días de fiesta que vamos a celebrar, está el punto de partida del cambio más asombroso que se ha producido en la historia de la humanidad: Dios se identifica con la realidad de este mundo en la Encarnación, haciéndose uno de tantos. Santo Domingo cambió, y dio un giro radical a su vida y fundó la Orden de Predicadores para dejarnos a nosotras y nosotros, que nos hemos sentido atraídos e identificados con él, un nuevo estilo de hacer y de entender la Iglesia. De nosotros y nosotras depende si es que estamos acomodados, desilusionados, aletargados… antes de nada espabilar, despertar y abrir los ojos y contemplando el misterio Encarnación al estilo de Santo Domingo, preguntarnos si hemos de cambiar algo en nuestras vidas y a qué tenemos que dedicar más atención y tiempo.


  Si Dios mismo se puso en marcha, abandonó toda lógica e hizo camino junto a la humanidad, nosotros y nosotras, como Familia Dominicana, tenemos que partir de aquí que es lo fundamental. No nos quedemos tan solo en el turismo espiritual. Ese que, la mayor de las veces, nos hace perder crédito ante aquellos a los que les decimos que tenemos algo que ofrecerles de parte de Dios.