“que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Fr. Alexis Coffi González
Fr. Alexis Coffi González
Convento de Santo Domingo, Rep. Dominicana
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V Domingo de Pascua

 

El tiempo de Pascua se va consolidando en el recorrido que hacemos por el libro de Los Hechos de los Apóstoles. A través de la vida de las primeras comunidades, nacidas de la fe en el resucitado, encontramos el testimonio creciente de la predicación apostólica. La misión de Pablo y Bernabé da frutos abundantes de extensión y proliferación de la fe. Son muchos los que se acogen al mensaje y reciben la Palabra de Salvación de Jesús.
La Predicación Apostólica ha quedado como modelo de la misión, no por el éxito de los resultados, sino por estilo que le imprimió el mismo Jesús al anuncio del Reino. Los ingredientes imprescindibles de la evangelización son: la caridad, la fe, la cercanía a la realidad de cada hombre y mujer y los gestos concretos de esperanza. Este estilo dará lugar a la identificación de los discípulos con su maestro ya que por primera vez comienzan a ser llamados cristianos.
Ser cristianos es ser una criatura nueva. Los cristianos son los nacidos de luz del resucitado, que son capaces de trasforman los criterios del mundo, que se oponen a la vida, por los valores de una vida nueva que nace del Espíritu. La nueva Jerusalén, de la que nos habla el libro del Apocalipsis, es figura de la Iglesia de Jesús, que tiene sus cimientos en el amor, la paz y la plenitud de la felicidad. La celebración anual de la Pascua es poner el marcador a cero, retomar la oportunidad de hacer nuevas todas las cosas desde el Espíritu del resucitado. Lo novedoso es que Dios está entre nosotros, somos su pueblo, Él vive entre nosotros. Nada quedará fuera de su luz, hasta lo que parece más oscuro de la vida como: las lágrimas, el dolor y la muerte, son iluminados y  transformados por el que ha hecho nuevas todas las cosas.


Pero, de qué manera ha sido posible esta transformación, cómo nos llegó esta gracia vivificante. Fue alcanzada por la entrega amorosa de Jesús y la respuesta glorificadora del Padre. Cuando Jesús sale del cenáculo, no ve un final trágico en su muerte, ni la frustración de su obra, sino la plena glorificación en el amor total. No le quedan más palabras que decir sino la revelación de la razón rotunda de su vida, la clave fundamental de su existencia: el amor del Padre Dios.
No hay momento para despedidas tristes, ni siquiera son palabras de aliento las que pronuncia sino el auténtico testamento espiritual heredado por sus discípulos. El corazón mismo de su mensaje como mandamiento nuevo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. Y no es el amor lo novedoso porque ya el amor estaba en el mundo sino como Él no ha amado, de la forma en que nadie lo ha hecho, con plena libertad y en totalidad. De manera tal, que es la señal de pertenecer a él, de ser reconocido como de los suyos, el amor que manifestemos entre nosotros al modo de Jesús.
Con el mismo amor con que Yo os he amado, no es una recomendación sino la respuesta a la búsqueda constante del ser humano a la plenitud, a la felicidad y al amor. Nuestra capacidad amatoria tiene la altura del amor de Dios, allí podemos llegar, es ese el deseo velado que brota de lo profundo de todo hombre y mujer. No podemos contentarnos con los mendrugos de amor que se nos ofrecen y que no satisfacen nuestro reclamo, tenemos un mediador, Cristo el Señor, que con su amor nos ha alcanzado la cima del amor verdadero. Si la gloria de Dios es que el hombre se salve y llegue al conocimiento de la verdad, el camino del hombre es amar como ama Dios.