San Juan Macías: Dios desde los márgenes

San Juan Macías: Dios desde los márgenes

Fr. Guillermo Valentín Seguí Madera
Fr. Guillermo Valentín Seguí Madera
Real Convento de Predicadores, Valencia
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Un mulato, un inmigrante y una joven entran a un convento… (No teman, no es el comienzo de un chiste malo). En la ciudad de Lima, en el siglo XVII, convivieron San Martín de Porres, Santa Rosa de Lima, y un santo, tal vez un poco menos conocido, un poco más discreto: San Juan Macías.

Imaginemos la escena. Un huérfano de Ribera del Fresno, en España, se sube a un barco buscando una vida mejor. Cruza el océano junto a un comerciante que, apenas pisan Panamá, lo abandona sin más. ¿Suena conocido? A mí me suena. Me suena a tantas historias que uno escucha hoy y que preferiría no tener que seguir escuchando. Juan Macías tenía 34 años y nada en los bolsillos. Bajó hacia el sur, cruzó Quito, llegó a Lima.

Ahora quiero trasladarme a la escena. Un forastero huérfano, desempleado, abandonado, llega a una gran ciudad. Ahí, le cuentan que hay un hombre con fama de santidad, le dicen que es amigo de los pobres, seguramente le dicen que vaya a verlo. Es así como Juan Macías llega a las puertas del convento de Santo Domingo. Seguramente, al llegar a la portería, un mulato de escapulario negro le abriría con escoba en mano, un tal Martín.

Hasta ahí llega la imaginación, el resto es historia. Fray Martín debió de reflejar la vida en Cristo hasta tal punto que Juan Macías ingresa al noviciado del convento (o recoleta) de Santa María Magdalena en Lima con 36 años. Tras un año, profesa como hermano y se le encomienda el oficio de portero. Pronto fue conocido en la ciudad por su afabilidad, sabiduría y caridad.

No sé si Martín y Juan alguna vez se sentaron a comparar orígenes: uno mulato, hijo de español de buen linaje pero pobre y de una madre afroamericana que había ganado su libertad; el otro, huérfano desde niño y extranjero. Lo que sí sé es que fray Juan y fray Martín mantuvieron una cercana amistad. Los hermanos se retiraban juntos a orar y a conversar en ciertas ocasiones y, estoy seguro, aunque nadie lo escribió, de que más de una vez el nombre de Rosa apareció en esas charlas. Ella había muerto antes de que Juan llegara a Lima, con solo 28 años, siendo hija de un arcabucero y una costurera, y sin embargo su fama de mística ya recorría la ciudad. Los tres nunca se sentaron juntos a la mesa, pero los tres respiraron la misma certeza de que Dios los había señalado con el dedo a ellos, justamente a ellos, los que menos entraban en los moldes de su época.

Fray Juan era, en el lenguaje de la Orden, un converso, un lego, un cooperador. Le pusieron varios nombres a lo largo de la historia, y el más fácil es simplemente decir que era «un fraile no ordenado» y dejarlo ahí. La vocación de hermano no es una versión recortada de otra cosa. No podemos definir una vocación a partir de lo que no es. Y la vocación de hermano es muchas cosas. Es un llamado a la mansedumbre y la generosidad. Es el recuerdo comunitario de la fraternidad. Es el testimonio de la Iglesia de que la vida consagrada vale por lo que es y no por una especie de competencia de «a ver quién hace más cosas».

Hay quien piensa que la vocación de hermano ya no tiene sentido: cambiaron las condiciones históricas, ya todos más o menos pueden estudiar teología y ordenarse, ya tenemos puertas automáticas que no necesitan quien las abra. ¿Qué es esa forma de entender la vocación? ¡La vocación de hermano está más viva que nunca! No en vano el Capítulo general nos recuerda que «Allí donde se ve al presbítero y a los hermanos cooperadores presentes y trabajando juntos, la Orden está verdadera y plenamente presente.» — ACG Quezon City 1977, 62.2-3.

Martín, Rosa y Juan no se parecían en nada y, sin embargo, ahí están los tres, hermanados por el mismo siglo, la misma ciudad, la misma Orden de Predicadores. No creo que haya sido casualidad. Ellos eligieron la Orden, sí, pero la Orden también los eligió a ellos, del mismo modo en que Dios elige siempre desde las orillas, desde donde nadie mira, desde donde a nadie se le ocurriría buscar un santo.

Que el recuerdo de San Juan Macías nos toque justo ahí, en esa parte del corazón más golpeada y más olvidada, y nos recuerde, una vez más, que Dios nunca abandona a nadie que golpee su puerta.