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El Adviento nos llama a estar vigilantes en la fe y en la oración para que sepamos discernir los signos de la venida del Señor. Vaciarnos de nosotros mismos y tener un corazón pobre como San José para poder albergar al Salvador de nuestra historia.
El Evangelio de estos domingos nos puede ayudar a comprender este título que acompaña a santo Domingo: predicador de la gracia. Se trata de la continuación del bello capítulo sexto de Juan: el discurso del pan de vida.
Nuestro joven se justificaría diciendo que consumir ese material está a la misma altura que un capricho en McDonald’s. Sin embargo, el Aquinate le acompañaría a la cena para desmontarle su sofisma.
Cuando el Papa Benedicto XVI se refirió a santo Domingo de Guzmán lo hizo con una admiración singular. Por un lado, tenemos que resaltar la novedad de Domingo. Por otro lado, cabe mencionar su singularidad, única e irrepetible. Hoy es Domingo; mañana también.
Domingo quiso morir enterrado bajo los pies de sus frailes. No quiso un gran sepulcro o un culto a su personalidad. Al contrario, lo importante para él fue la misión común de predicar el Evangelio, como hermanos y con alegría.

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